No hay enchufes en el paraíso

Cuando el nuevo integrante de la familia llegó a casa, Carlos sintió que por fin su dicha era completa, que había realizado todos los proyectos que se había trazado y que de allí en más podía entregarse al disfrute de sus logros. Prisionero de una esposa y dos hijos, la compra del reproductor de DVD tanto tiempo diferida se transformó en la única vía de escape que no involucraba la violación de alguna ley. Aunque hasta entonces lo había considerado un aparato bastante inútil, como su esposa, cambió de opinión cuando su amigo Daniel le regaló una colección de películas porno en ese formato (DVD, no esposa) y salió corriendo hacia el Necrociclo más próximo, comercio importador de artículos electrónicos con defectos inmensos y precios correspondientemente rebajados. Fue así como se hizo con un Onix tailandés armado en Filipinas por esclavos birmanos pagados con hojas de laurel y coquitos de palmera en estado de descomposición.
Carlos no podía esperar para introducir en él las copias ilegales XXX y dejarse arrastrar por el deleite artificial pero por eso mismo despojado de discordias que prometía, pero tuvo que irse a trabajar cuando volvió del Necrociclo. Su hijo se apoderó del aparato provisto de una cantidad absurda de capítulos de Pokemón 3D, Las Criaturas Convulsivas, popular caricatura oriental acusada de producir una ola de epilepsia y la fusión de la central de Fukuyima en su país de origen. Poco después, fue hallado por su madre petrificado frente al televisor y fue estéril todo intento de reactivarlo (el DVD). De esta incidente surgió el DVD oficial del sepelio del niño, filmado en alta definición por un amigo de la familia a un costo irrisorio de U$ 30.000 más gastos de envío. Carlos renegó de su mala suerte: en lugar de 2001 Teniendo sexo en el espacio, tendría que inaugurar el dispositivo con el bodrio del entierro del nene.
A la vuelta del cementerio dispusieron todo para ofrecer un ágape con proyección incluida, y en el preciso instante en que esta iba a comenzar, los presentes se retiraron a la cocina para servirse algunos licores que favorecieran la recepción del aburrido espectáculo. La hija de Carlos quedó a cargo del DVD, y cuando los invitados volvieron a la sala, el único espectáculo visible era el cadáver de la muchacha arrollado en el piso, con los miembros rígidos en posición de difunto recién salido de fábrica. Quiso la fortuna que esta segunda fatalidad se produjera en el lugar adecuado y la fiesta continuó como extensión de la primera, como cuando una operación de rutina se complica y acaba en una extracción de órganos.
Carlos se culpó en un primer momento por la negligencia que había demostrado, pero pronto olvidó el episodio ya que la vida sigue y no tiene sentido preocuparse de lo que no tiene solución, como el matrimonio y la muerte. Por eso mismo al día siguiente ya estaba trabajando con más ahínco, pensando en las nuevas adquisiciones que podría hacer, pensando también que todo aquello no había sido en vano al final de cuentas, y pensando por último en lo pajeros que habían sido sus hijos. Ahora se encontraba con una nueva oportunidad; quizá, tras este primer ensayo fracasado, podría hacer un par de hijos en serio, más parecidos a él y menos propensos a la dispersión lúdica. Había sacado dos limones en el tragamonedas genético; ahora tenía otra ficha para probar fortuna y esa también era una bendición. Ya tendría tiempo de pensar en eso con calma junto a su esposa, quien seguramente se hallaba aún presa del dolor por las pérdidas experimentadas (una baja directa y otra como daño colateral)

Sin embargo, la esposa de Carlos no le dio tiempo de accionar los mecanismos del destino, de poner en juego las estrategias del olvido para impulsarse fuera de una situación angustiosa y precipitarse por la empinada pendiente de la negación para terminar estrellándose en el verde prado de la desilusión. Porque, como decíamos, la mujer interrumpió este proceso en un arrebato de desesperación; tratando de evocar las imágenes de los días felices con los niños, hizo capturar en DVD los viejos VHS de las vacaciones familiares, y la quedó tratando de verlos. Carlos enfureció al enfrentarse a este nuevo difunto, y con ira descontrolada arrancó el Onix del toma corriente y salió disparado hacia el Necrociclo con él debajo del brazo, como un niño que hubiera cometido una travesura y se lo llevara a sus padres.
Llegó hasta el mostrador y, tirando el DVD sobre el mismo, gritó al empleado.
– ¡Los mató a todos, ¿entendés?!
– ¿Y yo qué quiere que haga, señor? Haga la denuncia…
– ¡Es un electrodoméstico, la puta que te parió! ¡¿Cómo querés que lo denuncie?!
-Digo que denuncie a la empresa si no está satisfecho con el producto, señor. Pero le informo que la garantía establece claramente que Necrociclo no se hace responsable por la eventual ola de muerte generada por sus aparatos. Mire, acá está.
– ¡¡Los mató a todos!! ¡¡Está fallado!!- gritaba Carlos furioso.
– Por lo visto sí; a ud. no lo mató.
– ¡Pero si serás….! Guacho atrevido… ¡¿no te das cuenta que perdí a mi esposa y dos hijos por culpa de esta cosa?!
– Si quiere se lo cambio, pero no le puedo ofrecer otra cosa.
– Está bien, dame otro.
Carlos llegó a su casa, se sirvió un whisky, preparó una picada y se dispuso, por fin, a ver algunas películas para distraerse de tantos problemas. Fue encontrado por la empleada la mañana siguiente, tendido junto al DVD.

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