Cardona

Abordé el ómnibus en la terminal; era de noche. Viajaba a Cardona a un casamiento: el mío. Me pareció que el guarda, al recibir el pasaje, me miraba con cierto aire de desprecio. Fui a ubicarme en mi asiento, el único en el medio de una fila de tres, en el centro del pasillo. A un lado tenía a una viejita, bastante simpática a juzgar por la sonrisa amplia que mostraba a todo el mundo; no la suya sino una robada seguramente a una chica más joven y conchuda; del otro lado, una negra grande comía sánguches de ojos que me miraban con asombro mientras eran deglutidos.
Cuando subió el conductor, que tenía un aspecto bastante desmejorado, nos pusimos en marcha. La vieja me preguntó dónde bajaba:
– En Cardona, en el kilómetro 181- dije.
– Cardona está en el 183, donde se separan las rutas 2 y 364- respondió.
– No, está en el 181, donde se abren las rutas 2 y…- pero no me dejó completar la oración cuando empezó a lanzarme todo tipo de insultos de lo más ordinarios. Yo tenía ganas de pelear, hacía tiempo que no entrenaba mis puños, que rápidamente adoptaron la posición de combate. Me arrojé sobre la vieja; el guarda tuvo que separarnos porque si no me mataba, me dio una paliza tremenda. Por suerte la cambiaron de asiento, de lo contrario no sé qué habría pasado.
Viendo a la negra comer se me despertó al apetito. Saqué mis sánguches de pelo comprados en la terminal; le ofrecí uno a la negra ya que la mirada en los ojos de su sánguche me conmovió, pero lo rechazó con el argumento de que el pelo se le metía en los ojos. Es cierto, eso suele suceder; si no fuera así, harían sánguches de pelo y ojos como de jamón y queso, todojunto. Hice la típica broma de colocar un sánguche sobre la calva de otro pasajero: nadie río y entonces me quedé quieto.
A todo esto, ya habíamos llegado a la zona de los puentes colgantes ondulados y empecé a sentir un malestar, producto de estas infames construcciones, con seguridad. Pero lo más preocupante era que el chofer también parecía estar experimentando la misma indisposición, puesto que el vehículo comenzó a balancearse imprudentemente y hacer peligrosos zigzags de un lado al otro de la ruta. Consulté el reverso del pasaje, donde se incluye una tabla con las enfermedades más habituales que padecen los conductores y el grado de compromiso correspondiente; los síntomas exhibidos se indicaban con un círculo rojo, gravedad extrema, y ciertamente el tipo se mostraba muy afectado, pero no disminuía la velocidad. Los demás pasajeros no parecían preocupados, sólo los ojos del sánguche a medio comer de la negra miraban extrañados a su alrededor, como si buscaran una respuesta o un par de lentes.
En las primeras filas, un niño cuya madre cebaba mate en una olla de guiso, vomitó profusamente. De inmediato el guarda lo agarró furioso de un brazo y lo condujo a un pequeño recinto transparente en el fondo (pasando sobre mi asiento en la maniobra) cerrado herméticamente. La madre siguió cebando mate. Alguien explicó que aquel sitio, llamado “vomitorio”, funcionaba como disuasor de la náusea; la teoría era que el niño vomitaría quizá hasta que las emanaciones alcanzaran el nivel de la garganta o un poco menos, pero dejaría de hacerlo cuando estuviera a punto de ahogarse. Parecía plausible y nadie volvió a ocuparse del chiquilín.
El conductor, en tanto, seguía descomponiéndose, y ahora se detenía en cada templo que veía para venerar o algo así. El padecimiento era de tipo espiritual o psíquico, aunque acompañado de manifestaciones físicas como una copiosa transpiración y la decoloración de la piel. Siendo las iglesias abundantes en esa región, a pesar de pertenecer a diferentes credos (lo que no parecía detener al chofer) las paradas se volvieron muy frecuentes y algunos pasajeros comenzaron a inquietarse.
Uno de ellos, un muchacho que al parecer iba de vacaciones, con una enorme mochila, dijo al guarda que él no deseaba seguir el viaje en aquellas condiciones. El guarda, calmado pese al violento carácter que había ostentado antes, le señaló que eso no era posible, que era un riesgo inconmensurable, inmenso, terrible; la compañía no podía permitir de ninguna manera que uno de sus clientes quedara abandonado a su suerte en medio de la ruta, ya que, de ser así, el último koala vivo mantenido en cautiverio en la oficina del director sería violado y sacrificado sin más. Y él perdería su trabajo. ¿Acaso quería dejarlo sin trabajo, con una esposa y tres hijos, dos de ellos hombrelefantes y el otro un semi autómata en parte hecho de silicio? Y eso sin entrar a hablar de la mujer. El joven atendió el razonamiento del guarda, pero dijo que él era responsable de sus acciones y que la empresa estaba en infracción por la demora. No era su culpa. En ese caso, él podía hacer dedo.
– ¿Ah, si? Bueno, si podés hacer dedo andá haciéndote uno- dijo y procedió a cortarle el pulgar, anulando el instrumento de señalización.
Nadie se movió de su asiento. Este guarda era algo serio, tanto como el religiómano que se apeaba del ómnibus ante cada cruz para orar. Estábamos detenidos en algún paraje no identificado, en medio de la oscuridad más absoluta, junto a un pequeño altar con una virgencita diminuta, casi invisible. Yo, tranquilo, seguí comiendo sánguches de pelo hasta que una bola de cabello se me atoró en la garganta; pedí con desesperación, por medio de gestos, un vaso de agua; el guarda, completamente fuera de sí, con la camisa abierta y el cabello revuelto (tanto como el que se agitaba dentro de mi laringe) extrajo una manguera de refrigeración y me endilgó, desde el primer escalón, un chorro enfurecido de agua del radiador, que recibí con regocijo pese a la temperatura. Los pelos liberaron el estrecho túnel que obstruían y continuaron rumbo a mi estómago, adonde pertenecían.
El conductor volvió a su puesto y retomamos el viaje. Parecía más aliviado, o esa al menos fue la impresión que me transmitió, hasta que de repente advertí que la velocidad disminuía brusca y sostenidamente, como si se hubiera presentado un peligro repentino. En efecto, desde mi asiento logré ver que un camión que circulaba delante nuestro lo hacía muy despacio y la colisión parecía inevitable, no obstante los esfuerzos del chofer por evitarla. Este abrió una puerta lateral junto a su butaca, se arrojó fuera sin pensarlo, y rodó por el pavimento ferozmente, destrozando sus ropas, magullándose con salvajismo todo el cuerpo. El coche por fin se detuvo, antes de impactar; el guarda corrió en busca de su compañero, que estaba de rodillas frente a una cruz insignificante, apenas visible desde el ómnibus. Ambos se incorporaron y, según pude ver desde mi lugar, la bestia irreflexiva que nos mantenía encerrados y amenazados consolaba a su amigo con imprevisto cariño. Yo miraba cómo, afectuosamente, componía los pocos harapos que le quedaban al chofer, los disponía de manera que conservaran alguna armonía, considerando en especial el decoro de la compañía. Al reparar en cómo yo me fijaba en este delicado mecanismo de compensación, dejó de ocuparse por un instante de aquellos cuidados y corrió colérico a mi ventana extendiendo el puño; bajé la mirada con la esperanza de que de ese modo el incidente quedara olvidado. Colocó al conductor en su lugar y trancó firmemente la puerta por la que se había tirado, en prevención de otro episodio similar.
Más allá de que estaba inusualmente inclinado sobre el volante, con un tono verdoso en la piel y los ojos tan abiertos como la ranura de una máquina tragamonedas, luego de esta peligrosa situación todo pareció volver a la normalidad. A partir de entonces manejó con destreza, incluso cuando tuvimos que atravesar algunos de aquellos puentes sinuosos que presuntamente fueron el origen de la enfermedad. No fue necesario que el guarda acudiera a poner orden entre los viajeros, que, tras diversas exposiciones a su iracundo comportamiento, habían aprendido a estarse quietos y callados hasta llegar a destino.
Yo sólo quería llegar a Cardona aunque no recordara para qué. Caí en un sueño leve a causa del cansancio y la agitación; el sonido cálido, monótono, del motor acelerado y los gritos del guarda curiosamente armoniosos en aquella melodía hicieron el resto.

Anunciaron el arribo. El guarda empujó a varios sin más trámite por la escalera, arrojándoles los bolsos al azar, de forma agresiva. El conductor estaba derrumbado sobre el volante, cubiertos sus andrajos de transpiración, aferrado a una estampita arrugada; le dejé la bandeja con sánguches de pelo junto a su mano. Al bajar, vi que estaba en la terminal de Montevideo. Un ojo del sánguche de la negra me hizo una guiñada.

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