Un lugar sucio y mal iluminado

¿Eso? Mágica, eso. (Rodríguez. Francisco Espínola)

Entró al boliche pateando la puerta violentamente con el borcego derecho. La puntera metálica del zapato brilló con la luz tenue de la lámpara que robaba espacio a la oscuridad casi completa; el golpe levantó el polvo asentado en el piso por tanto tiempo que se sacudió como un perro sorprendido en medio de la siesta. Dos gauchos acodados en el mostrador se dieron vuelta para mirar al desconocido. Jacinto, el dueño, lo apuñaló con el ojo derecho, paseándolo de arriba a abajo como si lo escaneara para fijarlo definitivamente en ese lugar. El ojo izquierdo lo había perdido en una pelea y no hacía más que apoyar las conjeturas del otro. Al fondo, en una mesa, otros cuatro gauchos jugaban al truco con una botella de caña señalando el medio del terreno, como una boya indicando la entrada al puerto. Siguieron jugando sin fijarse en el hombre que acababa de irrumpir.
El extraño se arrimó a los dos paisanos del mostrador y pidió una botella de vino a Jacinto. Éste se la alcanzó junto con un vaso, como si formara parte de la solicitud, pero el hombre rechazó el vaso con desprecio, diciendo que sólo quería la botella. Uno de los parroquianos contaba una historia de aparecidos a quien quisiera oírla, como si fuera una radio más que un cristiano hablando, sin pausas que permitieran comentarios o preguntas. El recién llegado no parecía prestarle atención; de vez en cuando daba un trago a la botella y enseguida volvía a la posición anterior, indiferente, con la mirada fija en algún sucio cartel de la pared anunciando yerba Yaguarao o tabaco Paja Brava. Sacó las hojillas del bolsillo de la camisa; buscó el tabaco en el pantalón, tanteando y deteniéndose dentro de los bolsillos como si tuviera ojos en la yema de los dedos y mirara con ellos en cada rincón. No encontró nada y pidió un paquete de Paja Brava al pulpero, que se lo entregó mecánicamente, sin mirar dónde lo guardaba, como si el tabaco surgiera del gesto de tomarlo. Lo puso desafiante sobre el mostrador, cerca del desconocido, que lo dejó allí como una invitación diferida a decir alguna palabra. Siguió callado, escuchando el relato del gaucho barbudo que lo desplegaba sin cortes, como un mantel sobre el que pondría luego otras anécdotas sostenidas por la credibilidad de la presente. Por la forma de hablar se veía que aquel paisano se había protegido de la soledad de los años guardándose de las dichas de mozo, para que los recuerdos no lo acompañaran en la vejez. Andaba con lo puesto, que sacaba todos los días allí donde llegara: el facón, el poncho, el caballo, las leyendas, toda la fortuna encima, sin recuerdos que la lastraran. No tenía más, pero tampoco cedía nada de lo suyo, sobre todo las leyendas que cambiaba por un rato acompañado en algún boliche más pobre que él.
-… y cuando llego al arroyo, tuerzo como quien rumbea para el pueblo y en eso un novillo arranca caminando despacito, despacito y se va solo para el cerro, ¿vio? Una cosa que no se vio nunca. Yo lo seguí pero no lo veía, se había ido lejos, atrás del cerro, quién sabe. No podía llegar con un novillo menos, el patrón no iba a entender, así que seguí atrás de él. Atrás de él es un decir, porque yo no sabía dónde estaba. Mire acá, ¿ve? Este aujero en la camisa me lo hice allá en los espinillos, usté está baquiano ahí, Agustín. Allá de lejos llegué, y ni rastro del bicho ese. Me había alejado pila, entrando en el monte…
El extraño lo oía sin hacer ningún gesto. Estiró la mano como una culebra sobre el mostrador hasta el paquete de tabaco, sacó una hojilla y armó un cigarrillo que de inmediato cubrió el salón con una niebla espesa, olorosa, que los otros alimentaron desde puchos casi extintos vueltos a pitar. La luz retrocedió un poco más, achicándose como el sol en las últimas horas de la tarde, colgada de un rincón del techo como un murciélago brillante. Uno de los jugadores se puso de pie, tosió dos o tres veces y se acercó al tuerto Jacinto a pedirle otra botella de ginebra. Escuchó que el gaucho del cuento ya andaba por Tambores siguiendo al ternero; agarró la botella sin decir nada y volvió a la mesa donde los otros tres esperaban para seguir el juego, el de cartas, el de la bebida y los otros menos visibles pero igual de presentes.
-… de repente salgo del otro lado del monte, en el medio de la noche; no podía ver nada aunque ya no había árboles, Agustín. Era peor que la oscuridá de los árboles, porque ahí por lo menos tenía la esperanza de encontrar una luz cuando saliera, ¿me entiende? La cosa es que luz encontré, pero no de la Luna o de un rancho, no, una luz mala machaza, enfrente mío, que salió así de la nada. Yo me di vuelta lo más rápido que pude, tan rápido que ni el caballo tuvo tiempo de darse vuelta conmigo y se salió el recado. Resfalé de canto como la taba, Agustín, y no veía para atrás. El zaino salió disparando del julepe y no lo vi más, como el novillo. Pelé el facón y me di media vuelta, junando pero con los ojos cerrados, no fuera cosa que la luz aquella me dentrara por las vistas. Entonces, Agustín, sentí que aquella cosa se achuraba en el facón. Pero espere, usté no va a creer: cuando lo miré ensartado era el novillo, pero ya no refusilaba, lo apagué con el cuchillo, Agustín. Lo tuve que carniar y llevar para las casas, no me quedó otra, todavía ando escapándole al patrón.
El hombre, ahora sí, lo miró fijo, apagando la colilla del cigarro con el pie que colgaba libre del banco. El humo se disipó como si dejara paso a las palabras que todos presentían iban a seguir.
-Usted es un gaucho mentiroso- dijo.
-¿Cómo dice?
-Me oyó bien: que usted es un gaucho mentiroso.
-No le permito, atrevido…- y se llevó la mano al facón al tiempo que pronunciaba las palabras.
-Epa, compañero- dijo el otro levantándose apenas la camisa para mostrarle la empuñadura de un revólver- No vine a matar a ningún gaucho mentiroso, no se asuste, pero sí vine a matarle las mentiras, así que escúcheme bien. No hay ninguna luz mala; lo que hay es un gaucho atorrante que roba el ganado que cuida y después inventa una historia fantástica para no decir la verdad.
El paisano lo miró con aire vacilante. Él mismo dudaba entre invitarlo a pelear sabiendo que el otro iba a matarlo o explicarle las cosas y dejarlo creer lo que quisiera. El forastero estaba de paso y lo mejor era que siguiera camino con las ideas que traía de la ciudad; tarde o temprano, alguien, en algún otro pago menos hospitalario, lo iba a poner en su sitio.
-¿Cuánto hace que anda en el campo usté, compañero?
-Llegué hoy y me voy mañana; voy a Rivera por un asunto y me vuelvo a Montevideo cuando lo solucione. Pero no me gustan los gauchos embusteros.
-Sabe lo que pasa, que allá en la ciudá está llenito de luces y uno no sabe cuáles son las malas, pero acá se sabe.
Los del fondo habían bajado las cartas y miraban atentos, como el bolichero, que estaba a un metro de los hombres enfrentados. El desconocido hizo una mueca desdeñosa como dando a entender que no valía la pena discutir con aquellos tipos y se levantó de la silla. Puso un billete cerca del dueño y salió sin despedirse. Afuera era de noche y tenía por delante unas cuantas horas de viaje hasta Rivera. Enfiló por el camino que muy pronto se perdía en los campos; el pueblo no tenía más que unas cuantas cuadras de largo y se hundió enseguida en la negrura sin término. A lo lejos vio una luz pálida que se dibujaba solitaria en la inmensidad sin contornos. Titubeó un instante y desvió el rumbo, dejando que la luz se perdiera a sus espaldas en la soledad perfecta sin que llegara a reconocerlo.

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