José Pedro (B)arela

Pero si las escuelas son el lugar inapropiado para aprender una destreza, son lugares aún peores para adquirir una educación.

Ivan Illich

Algunos encuentran difícil reconocer algún mérito a la derecha, al fin y al cabo, son un montón de fachos de mierda. Sin embargo, quienes opinan que la derecha sólo piensa en reprimir y dar golpes de estado y ve todos los problemas a través de la mira de su fusil, no recuerdan el prodigio realizado por Pedro Bordaberry allá por el 2012.
Pedro Sin Apellido estaba preocupado por una cuestión fundamental: los jóvenes y su tendencia natural al delito y la drogadicción. Le daba vueltas al problema como si de un cubo Kubrick se tratara, intentando que encajaran sus convicciones antidemocráticas con una legislación que al menos permitiera a los hijos de las clase acaudalada salir a Lacalle sin ser arrestados de inmediato. Fue en ese momento cuando la sinapsis represora se produjo, vinculando, para sorpresa de quienes piensan que eso no es posible, dos problemas distintos bajo la misma óptica: la inseguridad en los centros educativos y la causa de la misma, los adolescentes pobres. No, no sugirió integrar a estos últimos a los primeros, sino que ocurrió la más original de las combinaciones reaccionarias, hacer que unos se enfrenten a los otros (‘ta bien, no es lo más novedoso del mundo, pero hay que darle crédito igual)
El proyecto preveía que los delincuentes faloperos se encargaran de la seguridad de los liceos, con el consecuente resultado positivo múltiple: unos tendrían trabajo pero no educación, y los otros tendrían educación pero bajo el estricto control de sus pares menos favorecidos y, por ello, más propensos al resentimiento marginal.

La ley se votó por unanimidad e incluso contó con la proposición de Jorge Saravia de entrenarlos a todos en el manejo de las armas, que lamentablemente no prosperó, no por falta de voluntad política sino de armas suficientes. Pero bueno, se obtuvo lo más importante, la posibilidad de que unos castigaran a otros de igual a igual sin la molesta intromisión de las leyes obtusas que impiden a la policía dar palo y palo (gracias García Pintos) a chiquilines de 13 años.
La aplicación de la misma resultó tan satisfactoria que Pedro empezó a carburar diferentes alternativas para los conflictos sindicales, salariales, comunales, raciales y hasta existenciales, mas su marchita mollera no logró ensamblarlas debidamente y se desperdició un enorme talento. No por esto su figura declinó en años posteriores, todo lo contrario, pudo dar un golpe y alcanzar la presidencia como manda la tradición familiar, pero esto no se tradujo en mejoras sustantivas del código penal, excepto por la Ley de Caducidad Eterna que aprobó antes de abandonar el cargo. El legado más importante del período fue la recuperación de su apellido, que su hijo debió suprimir tiempo después reeditando el ciclo B. Pero estos son detalles que no interesan a nuestra historia.
Los liceales ya no tenían que preocuparse por los robos y las agresiones puesto que eran custodiados por sus propios agresores, a los que podían desafiar legítimamente a pelear en la azotea, cual Bruce Lee en su Hong Kong natal. Esto tuvo como resultado, además, la liberación de policías al pedo para enfrentarse a sus correspondientes hostigadores, pero en esta área el efecto no fue tan positivo como se esperaba debido al poder superior de los delincuentes, en mejor forma física que los sedentarios guardianes del orden. En cambio, entre los jóvenes el desarrollo físico suele ser similar a esa edad, pero incluso cuando no es así, el uso de tretas descalificadoras está mejor visto que en el caso de los adultos, que enseguida piden refuerzos o sacan el bufo, desvirtuando el combate.
Tan exitosa resultó esta disposición que, por recomendación de las autoridades de primaria, se extendió también a las escuelas, donde pronto pudo verse luchas casi tan emocionantes como las que ofrecían los mayores. Germán Rama aplaudió la disciplina que sus métodos no habían conseguido imponer, a pesar de la semejanza que esta reforma mantenía con la suya. Los padres se adaptaron a la nueva situación con cierto recelo en un principio, pero luego de ser retados a medir fuerzas por sus hijos (ahora mucho mejor preparados que ellos) se dejaron de romper las bolas. En todo caso debieron reconocer que la lucha callejera los capacitaba mejor para el futuro de miseria y desigualdad que los esperaba que las viejas competencias académicas.
Pero una excelente idea puede degenerar en muchas formas, y esto fue lo que sucedió con la efectiva reforma de Pedro. Para empezar, la riña es un fenómeno bastante azaroso, que con frecuencia deriva en resultados imprevistos para sus practicantes e instigadores. Además, acostumbra ocupar todo el tiempo disponible del adolescente, restando importancia a los estudios, motivo original de esta norma, al menos formalmente. Por otra parte, no es raro que los contendientes sufran la pérdida de valiosos componentes tales como un finger (o varios) piezas dentales y, Dios no permita, una vista, costosos de reparar y cuyo peso recae sobre las cuentas públicas.
Pero lo que en realidad condujo al abandono de este sistema fue la simple corrupción del mismo, al entrar en juego fuerzas completamente ajenas a los propósitos iniciales. Tenfield, siempre atento a las manifestaciones masivas del ávido público, compró los derechos de transmisión de los combates juveniles, que vendió a canal 4, uno de los mayores impulsores de las causas de Pedro. Paco Casal, propietario de los derechos del fútbol, básquetbol, carnaval, quilombos, trata de blancas (y negras eventualmente) y venta de choripanes, propuso algunos cambios para transformar en algo redituable el incipiente negocio: las azoteas de los liceos debían ser cercadas; se suministrarían árbitros profesionales de nivel internacional, como los que juzgan a Chris Namús; se instalaría un quilombo en el primer piso, con las profesoras ejerciendo la prostitución (sí, esto no era una novedad, ya sé) y se colocarían puestos de choripanes atendidos por Francescoli y Gutiérrez, armados con sendas pistolas para evitar la presencia de Gabito.
Llegado a este punto, el proceso se había acercado tanto a un liceo pre-reformado que se juzgó inútil profundizar la experiencia.

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