Las cenizas de Olaf

Hold onto my hands, I feel I’m sinking, sinking without you (The Cranberries. When You are gone)

Olaf llegó a la costa arrastrado por vientos salvajes como jamás había visto en su vida de pescador. No le preocupó mayormente este traslado, ya que se encontraba al final no sólo de su vida de trabajo sino de su viaje vital, y Noruega o cualquier otra parte servían del mismo modo a ambos fines. Las travesías confluyen para los pescadores, cuyo retiro consiste en un funeral vikingo navegando en su barca, y él lo sabía desde el primer día, como sabía ahora que el último día estaba tan próximo como Østfold de Akershus.
Su padre le dio un único consejo antes de lanzarlo al mar por primera vez: “Norge om nordiska medborgares rätt att använda sitt eget språk”, que puede traducirse como: “La muerte, ese es nuestro oficio. No lo olvides nunca. Matamos para vivir, y así ha sido siempre para nuestro pueblo por generaciones. No dudes en hacerlo, sea un pez, un lobo o el animal más despiadado y cruel de todos: el hombre. Tú no tienes parientes ni amigos, tienes una barca para proveer tu sustento y un alma vikinga para asegurar la integridad de la barca. Ella es tu compañera en tierra y mar, cuida de ella y ella cuidará de ti. Ahora debes partir, pero antes debes cumplir tu deber de hijo… de hijo de puta, pero hijo al fin. Mátame, hereda mi barca y ofréceme un funeral que honre y respete nuestras tradiciones. Adiós” (la repetición de los pronombres es un tema de la declinación, no del idioma sino del noble pueblo noruego) Olaf colocó a su padre en la barca del homenaje, encendió el fuego y la impulsó hacia las heladas corrientes fiordicas que un día harían lo mismo con él.
De esto hacía muchos años ya, tantos que Olaf apenas recordaba el momento, aunque al acercarse su hora estas imágenes ocupaban sus sueños y vigilias con mayor frecuencia, a pesar de que aún se sentía fuerte para hacerse a las aguas cada mañana junto con el sol que lo arrastraba tras de sí. Olaf no tenía un hijo que hiciera por él lo que él hiciera por su anciano padre, de manera que tenía que proveer su propia ceremonia de pasaje a la tierra de Hela, y para ello debía tomar los recaudos necesarios desde ya. Por esa razón llevaba en la barca, además de los instrumentos de pesca y seguridad, una antorcha inmortal resistente al agua, capaz de iluminar el camino de la Muerte cuando esta decidiera que el momento había llegado. La antorcha, a su vez, debía ser la encargada de iniciar el fuego sacro que envolvería la embarcación convirtiéndola en un ataúd apropiado. Olaf sabía todo esto gracias a los discos de Burzum y Mayhem y no a su padre, menos versado en mitología y rituales noruegos que Chuck Norris en literatura anglosajona del siglo XV.
De su tierra había traído, junto a los implementos de trabajo, el inclemente ají nórdico conocido como Hvis, que rápidamente floreció como la quema de iglesias en torno al círculo del black metal. Esta hierba más mala que el mismo demonio (el ají, no el black metal) se transformó en su segundo medio de subsistencia (o tercero en las épocas de auge del metal extremo, cuando importaba discos de su patria para consumo de los pescadores más radicales; a propósito de esto, es conveniente recordar la oleada de paganismo que se propagó acompañada por las llamas en la costa allá por el ’97, obra de esta música satánica y de los pescadores ebrios que la adoptaron como sustituto del culto católico -o de pendejos al pedo con una botella de nafta, según otra versión igual de sostenible-)
Sus noches estaban ahora pobladas de ídolos ígneos e indignos que traían informes ignominiosos de un inframundo que lo invitaba a inclinar la cabeza y someterse a su destino con indiferencia y desdén imposibles. Los tormentos despertaban en su lecho junto a él y lo acompañaban adheridos a los últimos retazos de sueño, rumbo a la costa. Parte de la provisión diaria era alguna comida sazonada con aquellos ajíes indocumentados que pegaban más fuerte que el martillo de Thor.
La semana empezó con buena pesca, pero para el martes había declinado a un puñado de cangrejos y tres dientudos que vendió a cambio de una carpa llena de espinas (pésimo negocio si me preguntan) Los malos presagios se veían agravados por la recurrente visita onírica de las figuras más espantosas que conocía, aquellas depositadas en la niñez por un padre imprudente como luchador de sumo de 50 kilos. Las llevaba con él a todas partes como un elemento más de su equipo, carnada quizá para algo que no quería atrapar conscientemente pero que de todas maneras nadaba bajo las turbias aguas de su intimidad más profunda y que eventualmente saldría a la superficie. Y ese momento incierto parecía más próximo que nunca.
El miércoles, gracias a una excelente dotación de ajíes, consiguió sacar un esquivo pez jalapeño con chile y guacamole, que vendió al instante a buen precio. Esa noche las alucinaciones remitieron y se levantó con los primeras rayas del jueves. Sí, rayas y no rayos dije, puesto que lo que lo sacó de la cama fueron unas de esas tremendas criaturas llevadas a su lecho por cortesía de un tifón local devastador, que barrió con el resto de los pescadores de la zona. Ese día no pudo hacerse a la mar aunque la mar se hiciera a él. Olaf sabía perfectamente que eso no cuenta para el balance, lo que le dejaba un solo día para justificar su permanencia en la tarea atrapando algo de valor singular o sería retirado, lo aceptara o no. Al atardecer llamó a su amigo Karalambos para que lo ayudara a preparar las redes con particular esmero. Por un momento se le cruzó la idea de atrapar a Karalambos en las redes y ofrendarlo al Dios correspondiente, pero comprendió de inmediato que aquella trampa infantil era inútil. Bebieron unas copas y comieron ajíes con chile, lo que a su vez demandó la ingestión de más alcohol.
La madrugada del viernes despertó con un severo malestar gástrico, una profunda preocupación metafísica y una acuciante necesidad de explicar al griego hereje la urgencia de la ocupación. Pero Karalmbos parecía haber entendido todo por su propia cuenta, o se hizo bien el gil y salió rajando antes que la desgracia lo alcanzara también a él. Olaf lo halló tirado afuera cuando se iba, en pedo como no podía ser de otra manera. El griego había escapado sin alejarse de la choza, en un alarde de lucidez envidiable. Para Olaf era demasiado tarde, incluso para dilapidar un par de minutos cobrando justicia al helénico traicionero. Le infligió la maldición noruega de la desdicha (infalible a juzgar por los registros) y partió hacia la playa.
El mar estaba revuelto tras la tormenta; un agua marrón con espuma formaba remolinos burbujeantes que devoraban trozos de junco y ramas como si fueran su alimento natural. El viejo no tenía duda de que en esas condiciones la pesca era imposible, y aún sin esperanza, remontó el bote sobre las sucias olas para internarse en la inmensidad opaca. Cerca del mediodía comenzó a sentir hambre y rebuscó en procura de algún ají con algo. La noche anterior había sucumbido a su violencia pero eso ya no importaba; todo a su alrededor era testimonio de la violencia creciente de los elementos y él mismo era parte de ese orden y ejecutor de sus leyes. Comió con ganas, sin detenerse a pensar en otra cosa, disfrutando de la pausa como si todo lo demás también se acogiera a ella. Después del almuerzo volvió a los implementos de pesca, pero no había nada en ellos que indicara que su suerte habría de cambiar, y se recostó bajo el fuerte sol de una tarde húmeda posterior a la tormenta. Despertó cuando el sol estaba cayendo, justo a tiempo para sostenerlo e impedir que se precipitara sobre la barca. El malestar brotó de sus entrañas con furia y cesó casi al instante. Olaf comprobó que las redes no alojaban ningún pez. Otro feroz arrebato estomacal reclamó su atención, pero esta vez se presentó acompañado de una llamarada rojiza que iluminó la embarcación casi a oscuras. La claridad alcanzó también el entendimiento de Olaf: el plazo había terminado y sufría de combustión humana espontánea. No sabía si una cosa era consecuencia de la otra, no importaba ahora; los ajíes habían hecho el camino desde su tierra junto a él que, falto de descendientes que cumplieran la obligación final, habían florecido en el nuevo suelo y alimentado sus últimas ilusiones antes del descenso definitivo. Olaf se estiró en la cubierta sin intentar combatir las llamas que se extendían a la barca desde su cuerpo. Una imagen, el destello de la embarcación de su padre desapareciendo en las aguas, pasó fugazmente ante sus ojos en el último segundo.

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