Fresas de otoño

I

Su seudónimo, y todos los llevábamos, era Etienne, y detrás del mismo se ocultaba un joven de rasgos latinos aunque también peninsulares, de ojos profundamente mediterráneos y el cabello ondeado característico del Caúcaso.

Etienne se ganó la confianza de todos pero sobre todo se convirtió en una pieza indispensable en nuestras actividades, trabajando con gran decisión y exponiéndose a los peligros como el más arriesgado de nosotros.
Conocí a Etienne mientras caminaba distraído por el pasillo, como todos los días, mientras volvía a la celda después de una salida al patio. Yo aún no formaba parte de la organización, fue él quien me introdujo, y me introdujo literalmente, ya que me agarró de la manga y me arrastró hacia él. Con el sigilo propio de la situación, me susurró: “Dame fuego”, que después descubrí era la contraseña para determinar si un desconocido era o no miembro, para agregar de inmediato “los campos se están incendiando y el humo se extiende por todo el país”. Obviamente no entendí un carajo, y le dije que se apartara, que me iba a meter en problemas. Así supo que yo no estaba enterado de lo que sucedía, por lo que agregó: “Cuando entres, decile a Julio (no se llamaba Julio, claro) que te mando yo, Etienne, y dale este fósforo. Él sabe cómo es la mano y te va a explicar algunas cosas. Circulá”. La situación era tan surreal que bailé en círculos a su alrededor, pretendiendo cumplir de esta manera sus instrucciones. “¿Qué hacés, salame? Estás quemando todo, rajá de acá”. Ahora comprendí que literalmente pretendía que circulara.
Entré y me senté lo más próximo a Julio (que no se llamaba Julio, desde luego) que pude, saqué el fósforo de mi mano izquierda inutilizada (en un trágico incidente de fotocopias) y se lo entregué. Pero no le di el fósforo sino uno de mis marchitos e insensibilizados dedos, a lo cual Julio respondió con una mueca mezcla de asombro, asco y miedo.
-Perdón- dije recobrando mi finger, canjeándolo, ahora sí, por el monarca del fuego. Lo agarró al vuelo, como el arco de vía libre, y me devolvió una gomita con un sobre de tela cosido, dentro del cual se alojaba un tratado de 632 páginas escritas a doble espacio y una carilla a propósito de los planes que yo desconocía.
-Leelo. Si estás de acuerdo, pasame un alfiler de gancho con un San Antonio amarillo clavado en la punta, aún vivo, con un ala extirpada. Si no estás de acuerdo, pasame un lápiz Faber sin punta, con un chicle de banana pegado en el extremo posterior, sin masticar. En el segundo caso, no digas una palabra o sos boleta. También en el primero- dijo Julio.
Alguien nos miraba, de manera que guardé el documento en el bolsillo y me quedé callado, con la vista fija hacia el frente, inquieto por las ideas que este inusual intercambio me había generado.
En la próxima salida al patio me escurrí entre unos frondosos matorrales, tras los cuales esperaba leer el tratado sin ser descubierto, pero, cuándo no, allí se ocultaba Etienne y parecía estar esperándome.
-Sabía que ibas a venir.
-No se de qué se trata todo esto, pero tampoco quiero saber nada. Me estás comprometiendo y eso es injusto, yo no pedí participar y no tengo idea de lo que traman, no voy a formar parte. Ya me queda poco para salir de acá, no quiero mandarme ninguna cagada. Déjenme tranquilo- dije.
-Escuchame, sotreta. Acá nadie se salva solo; si sale uno, salimos todos, y si no salimos todos, no sale nadie. Vos ves. No estás obligado a nada, pero primero leé y después contestá, no te hagás el gallito que vas a cantar de madrugada, gil- contestó.
-Precisamente, lo que quería era leer, si no me hubieras interrumpido. Ahora no tengo tiempo. Y este papel es un boleto al infierno, no voy a andar con él encima, por lo que declino su invitación.
-Mirá, lo del papelito es muy simple: nos vamos a fugar. Hay 631 páginas de polémicas acerca de las modalidades, herramientas, y divergencias entre los participantes. Te las ahorro: nos tomamos el palo. ¿Estás con nosotros o no?-, replicó Etienne.
-Estoy… estoy hasta las manos, pero vamo’ arriba, cuenten conmigo- dije, sorprendiéndome a mí mismo con estas palabras.

II

Julio me apretó la mañana siguiente, en la celda.
-¿Qué arreglaste con Etienne?-, preguntó.
-Estoy-, dije seco, al tiempo que le daba el alfiler de gancho.
-Perfecto. ¿Leíste el documento?
-No, no pude; Etienne estaba atrás de los arbustos y me atomizó con un discurso que no fui capaz de eludir. Me dijo que no me preocupara-, contesté.
-Etienne estaba cagando atrás de los yuyos, salame, por eso te dijo eso. Lo agarraste en mal momento. Es imperativo que leas el coso ese, porque hay, básicamente, dos posiciones: de decúbito dorsal o abdominal, y hay dos grupos, uno que defiende cada postura. Todos tenemos que formarnos una opinión sobre la mejor manera de salir, puesto que son irreconciliables, y, si me permitís, los que defienden el decúbito dorsal están locos, no se puede salir así de ninguna manera, ¿entendés?
-‘Ta bien, lo leo y te cuento-, dije.
Estudié el tratado en soledad, en los ratos libres, si es que así podía llamarse a alguno de ellos. Tan pronto como podía, corría a los matorrales, a veces a leer y a veces a evacuar otras cuestiones menos intelectuales pero igual de importantes para el funcionamiento del organismo. Con frecuencia encontraba a Etienne y, al tiempo que alguno hacía sus necesidades, nos enfrascábamos en largas disquisiciones a propósito de los puntos controvertidos. Etienne no se mostraba dispuesto a perderse en estas nimiedades, más aún teniendo en cuenta las condiciones en que lo hacíamos, pero creí notar en él una cierta renuencia a expresar opiniones definitivas en uno u otro sentido. Yo ya tenía un juicio formado: debíamos salir de pie en cualquier circunstancia, de forma que hiciéramos una declaración moral junto al acto libertario mismo, evitando así que nuestra acción fuera interpretada de manera ambigua por otros pares en idéntica situación, en el caso que fracasara. Estaba tan convencido de la verdad de esta idea que argumenté largamente y por escrito a su favor, doblando el número de páginas del documento y obligando a la militancia a pronunciarse enfáticamente en uno u otro (o un tercer) sentido.
Mis compañeros recelaban esta iniciativa, pero no dejaban por ello de respetarme más que a nadie por la entrega inmediata a la causa. Etienne no se mostró tan satisfecho. Propagó rumores sobre mi presunta traición, acusándome de escisionista, de ser un agente provocador más que un devoto resuelto, pero sin mostrarse nunca tan extremo como para despertar sospechas él mismo. Su papel en esta instancia fue realmente sutil (hablo del papel higiénico, no de su calidad moral). Intrigó con tal agudeza que su propia deserción se convirtió en fuente de autoridad. El escarnio cayó sobre mí como la tapa de la fotocopiadora sobre los dedos del incauto usuario, no obstante yo no poseía una de las extremidades superiores en servicio.
El Capincho (aka Raúl Mendieta) me refutó en unas tesis de 1584 páginas, en las que exponía, junto con una crítica profunda de mis concepciones, una denuncia formal de mi comportamiento, tachándome de esquirol. Julio me llamó aparte, a los arbustos, convertidos en sede paralela del movimiento. Me preparé para enfrentar los cargos, y también para enfrentar el olor fétido del lugar, que a estas alturas no difería demasiado de la sala de convenciones del Foro Batllista.
-Mirá, te voy a ser sincero- empezó a decir Julio- acá hay un delator. A mí me chuparon el otro día a la dirección; saben todo. De todas maneras, no tienen más pruebas que esas presunciones, supongo. El documento está seguro y los preparativos sólo los conocen los mejor reputados. Vos sos uno de ellos, claro, por eso te llamé acá. El Capincho no tiene dudas de que sos vos; yo no tengo dudas de que es El Capincho. Decime vos qué pensás.
-Primero, es irresponsable hacer esas acusaciones con semejante liviandad. Segundo, es absurdo pensar que yo, que soy el que más se juega en esta cuestión (no te olvides que estoy cerca de salir sin necesidad de meterme en esto) puedo ser el desertor. Estoy limpio; no tengo motivos, contribuyo más que nadie, me sumerjo en la mierda del movimiento (literalmente, y dicho sea de paso, acá huele muy mal) y me entrego como marinero después de tres meses en alta mar. Para mí es Etienne, qué querés que te diga- dije
-¿¡Estás loco!? Etienne es uno de los fundadores, conducta intachable, proceder incuestionable. Comparto con vos que no tenés nada que ganar convirtiéndote en delator, en eso estamos de acuerdo. Por cierto, ¿no acabás de decir que es irresponsable señalar a alguien?- respondió Julio.
-Basta de esto. Me cago en ustedes, me cago en Etienne, me cago en el día que agarré ese maldito fósforo, me cago… ¡me cago, correte que me cago!- y terminamos la conversación.

III

El Capincho también me quería interrogar. En otra salida, me llevó hacia las chircas más alejadas, cerca del portón trasero, donde presumíamos tenían lugar las reuniones de los drogones.
-¡Acá hay droga!- grité cuando nos aproximábamos al chircal.
-Callate, nabo, que nos matan.
-¡Acá hay droga!- seguí gritando.
-Shhhhhhhhhh.. callate, pelotudo. No levantés la perdiz que ellos no la levantan con nosotros. ¿Qué te importa si hay droga?- preguntó El Capincho.
-Que quiero…
-Dejate de joder, esto es muy serio.
Alguien interrumpió las palabras del Capincho.
-¿Quieren droga?- dijo una voz gruesa detrás de las chircas.
-No, no, gracias, pasamos- contestó mi compañero.
-Yo sí quiero, no hables por los dos- dije yo.
-Cortala, la puta que te parió. En serio, no quiere, gracias- dijo el Capincho.
-Bueno, ustedes se lo pierden- dijo la voz al tiempo que se incorporaba, llevándose con él las chircas, que no eran más que un inmenso cuete. Dejó tras de sí una espesa bruma en la que nos sumergimos para ocultarnos y charlar tranquilos.
El Capincho metió las manos en los bolsillos del uniforme, se sentó parsimoniosamente en una piedra apenas redondeada sobre la cual ahora hacía equilibrio, inclinándose a izquierda y derecha alternativamente, como una boya en medio de la tormenta, y empezó a decir:
-La libertad es tan amplia como los muros que la delimitan, ¿no te parece? Es como estar con la mina linda: para conquistarla se necesita valor y estar dispuesto a pagar el precio más alto. Vos fijate en nosotros, acá adentro, encerrados entre muros gruesos con rejas, sin ver el sol la mayor parte del día, saliendo al patio un rato para escondernos en unos matorrales apestosos y mantener reuniones clandestinas. Sin embargo, hay más libertad atrás de ese arbusto cagado que en todo el edificio, que en todo el puto edificio, con sus enormes espacios cerrados, sus funcionarios, sus normas, su comida repugnante, sus timbres. Acá se respira a mierda, pero a pesar de todo, es el aroma de la libertad, mientras que allá, con toda su higiene civilizada, con su pulcritud engañosa, con la falsa sensación de serenidad impuesta, no pueden esconder el hedor de la opresión. Quiero que pienses en esto con el mismo rigor con que expusiste aquella complicada hipótesis: la libertad está donde se encuentran quienes luchan por ella, donde se puede hablar abiertamente sin miedo a ser castigado por una palabra inapropiada, donde el espacio es diminuto y nauseabundo pero da gusto respirar hondo y gritar que sí, que puede ser que apeste, pero que así apesta la libertad y es un placer dejarla correr y bailar en las fosas nasales hasta que su tufo se vuelve natural, como natural es para los hombres ser libres. Por eso te pregunto de nuevo, ¿dónde está la libertad?
-La Libertad está exactamente detrás tuyo, en este preciso momento- dije señalando a la cocinera, Libertad, que había llegado siguiendo el rastro del humo dulzón.
Por suerte la empleada sólo buscaba unas hojas de helecho para el guiso y no oyó nada de la conversación. Le dimos las hojas, no de helecho precisamente, y dejamos que se marchara sonriente por lo amables que nos mostramos. Entonces El Capincho siguió:
-¿Entendés lo que te digo? La libertad se ensancha y contrae con la respiración de sus devotos, es tan flexible que puede habitar un diminuto terreno lleno de chircas o la nación más grande de la tierra, pero no hay matayuyos que la extinga. Se oculta donde puede y no se fija si quienes le dan cobijo son un grupo de marginales planeando una fuga difícilmente exitosa envueltos en el humo de lo prohibido. Por eso la confianza es nuestro único capital; si alguien traiciona para salvarse a sí mismo, no sólo entrega a sus compañeros, entrega la libertad a sus perseguidores, que jamás dejan de vigilarla y apresarla apenas levanta la cabeza. Decime, ¿sos vos el infiltrado?
-Mi único crimen es haber tendido la sábana para que se acostara la libertad y no acompañarla- dije creyendo que el discurso iba en ese tono de ideales elevados- dejar que durmiera durante tanto tiempo a la intemperie, expuesta a sus depredadores naturales, la tiranía y la esclavitud. Fui indiferente pero no desleal, y ella me concedió su perdón permitiéndome participar en esta misión. Yo sólo pretendo honrarla con mi sacrificio. Es todo cuanto puedo decir.
-No entiendo nada, pero calculo que no sos vos-dijo.
-No, no soy yo, eso dije.

IV

Y así, sin haber descubierto al infiel, llegó el día de poner el plan en práctica. Nos habíamos pronunciado por mi sugerencia de salir de pie, de modo que la cuestión más pugnaz había sido resuelta con relativa facilidad. Mi autoridad emanaba de los yuyos, y cesaba ante la presencia del soberano sorete. En vista de esta circunstancia (mi desmedido predicamento) la noche anterior no pude dormir, pensando en el riesgo inconmensurable que había asumido para que finalmente un sucio felón nos arrebatara a todos las noches y días que habían horadado los muros de la tiranía. No podía permitirlo. ¿Podía permitirme un crimen que impidiera este desenlace?¨¿Justifica una causa superior la ofrenda de una de sus piezas? ¿Qué queda de la utopía después de este ajedrez abyecto? ¿Qué queda del ajedrez abyecto después de retiradas las piezas? ¿El ajedrez son las piezas, el tablero, los jugadores o las reglas? ¿Podría existir el ajedrez sin su medio material? ¿Podía matar a Etienne para salvar a los demás? Ay, Rodion Romanovitch (este era mi alias, por si no lo mencioné) cuántas preguntas y tan pocas respuestas, (si acaso había alguna), y más aún, qué poca certeza ofrecían estas respuestas provisionales.
La madrugada avanzó con los rayos del amanecer como estandarte, y se coló por todos los flancos descuidados que las ventanas ofrecían. Cuando sucedió esto, nos congregamos en la entrada del túnel para comenzar la huida. Me encontró con una respuesta a las incertidumbres. No, no asesiné a Etienne.
-Primero los libres de sospechas. Nosotros, entre quienes está el soplón, salimos después así le damos una oportunidad a ellos- dije.
Todos estuvieron de acuerdo. Salieron uno por uno por el túnel cuyo final no se divisaba desde nuestro lugar, de modo que la suerte de los primeros nos era desconocida. Sólo quedábamos Julio, Etienne, El Capincho y yo.
-Dale vos, Capincho- ordené.
Julio me miró con ojos de interrogación, como si esperara un motivo o excusa. No le di ninguna.
-Ahora vas vos, Julio- dije sin ofrecer otro argumento que esas palabras.
Julio salió sin hacer preguntas, dejándome solo con Etienne. Nos dimos un abrazo y salimos por la puerta principal, donde la maestra nos esperaba con un alfajor para cada uno, por avisarle de la rateada.

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