El ingenioso hidalgo don Ruben de Tres Cruces

Y tu mujer preguntaba
y Adrián a dónde esta
se lo llevaron los de moralidad
por haber gritado la verdad

(2 Minutos-Tema de Adrián)

Ruben cerró el comercio a tiempo para ver Telenoche 4. Dedicaba sus ratos de ocio, en al menos cuatro ediciones diarias, a ver el informativo gore y matar de esta forma, como los delincuentes presentados por Almendras, dos o más pájaros de un tiro. Como Stalin en el ’45, bajó la cortina de acero, puso el candado y corrió a su casa agitando el llavero al viento, cometa metálica con su cola de Prosegur arrastrándose forzosamente tras ella. A partir de allí comenzaba el territorio de la costumbre: entraba a la casa sin saludar, su esposa conocía el procedimiento tan bien como los policías que ejecutaban aquellas proezas balísticas sobre los blancos (en su mayoría negros) y tal como aquellos, no ofrecía resistencia. Ruben entonces se depositaba en el sillón de cuero marrón ante el cual se erguía colosal el Phillìps JGA HD de 108 pulgadas cuadradas y otras tantas esféricas, con definición de 26000 pixeles que permitía hacer una autopsia en vivo al cadáver del malviviente, según el vendedor. Graciela lo esperaba con el mate preparado, y cuando la masacre se ponía en marcha ella ocupaba su lugar en la escena, haciendo comentarios monosílabos aprobatorios sobre los comentarios indignados de su marido. De tanto en tanto, algún vecino producido bajo la misma patente que Ruben gritaba desaforado a través de la ventana, ofreciendo desinteresadamente su saber en materia de seguridad a quien quisiera oírlo.
A Ruben se le hacía cada vez más difícil dormir y organizar una rutina indexada a las manecillas de canal 4, que hacían girar su vida en torno a las cada vez más numerosas ediciones de los obituarios policiales auspiciados por Oca Card, que le financia las rejas, la escopeta y Bordaberry con amplias facilidades de pago. Teledía por la mañana lo expulsaba de la cama para llevarlo a los asentamientos donde el crimen convive con la piel oscura. Luego un rato al comercio pero no mucho ya que a las trece Telebuendía o como sea que se llame le servía un almuerzo de morcillas en salsa de sangre, cómo no; otra escapada al trabajo pero tampoco tanto porque estaban los flashes que adelantaban la masacre nocturna y con suerte traían algún tiroteo en directo; otra aburrida pausa en el mostrador hasta que sí, cierre y que se haga Telenoche, casi dos horas ininterrumpidas de achuras que ni las mejores parrillas del Mercado del Puerto se pueden jactar de tener, apenas suspendidas por los avisos de todo aquello que hace una vida plena cuando el delito no se interpone a la felicidad. Pero esto no es todo, solo un breve respiro, la suspensión de la realidad a fin de que corra a comprar algo y armarse y seguimos, ya más seguros, con la última entrega, pero qué entrega señores, de noche es cuando el crimen aflora y si ustedes nos dispensan algunas horas más de su medianoche y su sueño les prometemos a cambio la sangre que la tarde egoísta se negó a derramar, aunque Almedras se sentara pacientemente a su lado con la jeringa, esperando la donación. Y un día acaso habrá que dar la metainformación de que Telenoche 4 por fin logró vaciar el banco de sangre y verterlo en esas calles atestadas de pobres con cortes y pasta base, envases de peligro y amenaza a los uruguayos de reja bien en pecho. Pero esto son especulaciones que un televidente no tiene derecho ni tiempo de hacer, hasta que el móvil satelital se las entregue en el domicilio como tantas otras mercancías y accidentes de tránsito que trasiega a diario.
Y un buendía Ruben rumbo al negocio empezó a ver las grietas que se abren en la realidad cuando no es transmitida y dispuesta según el orden que surge del creador, y todo aquello le pareció tan precario, tan frágil que un encapuchado en moto podía arrancarlo con toda facilidad, y estando lejos de su televisor eso resultaba tan próximo, tan tangible, que le parecía imposible dar un paso más arriesgando una fractura de la verdad. Se detuvo. No fue a la tienda ese día ni los días siguientes, ni volvería a pisarla alguna vez, sobre todo porque Almendras informaría esa semana de un asalto con boquete en ese lugar ahora tan lejano. Pero qué importaba si él ya no era el dueño de un negocio ni el patriarca de una familia y acaso ni siquiera era Ruben. Más que nada, él no era Ruben.
Dejó la casa poco después. Se llevó solamente el televisor, que por alguna razón no mantenía vínculos con el suministro eléctrico, el operador de cable o cualquier otra señal. El aparato se había convertido en un ser autónomo que recepcionaba un único canal, y éste, a su vez, emitía un único programa las 24 horas. A partir de ese momento trató únicamente con Almendras y Vilar, negándose a escuchar consejos, mucho menos órdenes, de cualquier otra fuente menos fiable, sin importar que esta fuera su familia, la policía (a menos claro que se comunicara a través de sus intermediarios terrenales antes citados) u otro medio de incomunicación. El Foro Batllista le indicó por medio de la pantalla que se armara, que el Gobierno amparaba a la delincuencia vulnerando los derechos humanos de nosotros que-trabajamos-para-los-chorros, confirmando sus opiniones previas y afianzando la convicción recién adquirida. Montado en su televisor, Ruben llegó hasta la armería y, dejando la bestia en la entrada, se dirigió al dependiente en procura de algunas provisiones. Salió de allí con todo lo necesario para enfrentar la ola de inseguridad que algunos llamaban sensación térmica, a menos que Telenoche dijera lo contrario. No pasaría mucho tiempo antes de que tuviera que usarlas. Volvió a montar su Rocinante que irradiaba calamidades a perpetuidad, aunque Ruben ya estaba familiarizado con ellas y no agregaba demasiado a cuanto tenía por cierto.
Estaba escuchando un informe especial acerca del consumo de pasta base cuando un menor pretendió robarle su Rocinante armado con un extraño dispositivo de colores. Prevenido como estaba desde mucho antes sobre esta eventualidad, descargó la flamante pistola 9 mm. en el agresor y lo dejó tendido allí para que las cámaras lo siguieran perforando en otras formas, y que por supuesto él pudiera ser testigo de ello casi en simultáneo. Pero no se había recobrado de este asalto cuando tuvo que enfrentar a otro menor ávido de estupefacientes, al que vio aproximarse en la lejanía con una barreta que podría haber pasado por un bastón de ciego. Él no se engañaba. Almendras y su móvil, alertados de esta dádiva poco común, venían tras sus pasos y esto lo obligaba a actuar con mayor resolución, puesto que estaba respondiendo directamente a su instigador e inspiración, como si el oficial de la Novena tuviera a Lacalle Jr. por testigo cuando tortura al joven que toma vino en caja como si bebiera la sangre de Cristo en tetrabrick, desgraciado. Era como escuchar la aprobación de Dios en el oído en el momento preciso de actuar, qué sensación tan agradable la de desprenderse de la evaluación moral y simplemente ejecutar la acción con el consentimiento que tantos buscan sin éxito. Él tenía línea directa y obraba de acuerdo a los deseos del Supremo, y éste le devolvía agradecido su asentimiento en Alta Definición.
Con esta garantía en las alforjas deambulaba en procura de nuevas tareas, que no eran pocas. Había tanto por hacer y era tan poco el tiempo, aunque ¿qué mártir se había preocupado por esto? ¿Acaso no es siempre insuficiente el tiempo frente a las labores eternas? Nadie verdaderamente grande se cuestiona si sus fuerzas son suficientes para concluir su empeño, sabe que es así o al menos obra como si lo fuera. Y Ruben, o quien anteriormente respondía a ese nombre, era de esa estirpe. Sin embargo, la edición central del noticiero hablaba del cerco que se cerraba sobre el comerciante desequilibrado que huyó de su casa y se entregó al delito. ¿Había oído bien? ¿Delito? ¿Cómo su artífice podía interpretar tan mal su propósito? ¿No era claro que lo impulsaba precisamente el motivo contrario? Rocinante estaba desvariando. Almendras no lo iba a abandonar en este momento; él entendía que la ola de inseguridad se estaba transformando en tifón y nadie podía contenerla, nadie que no tomara la responsabilidad en sus propias manos, y quién mejor que un comerciante expuesto a esta situación como Ruben, pensó.
Se sentía cansado. Ya no tenía hogar; no tenía más que a su Rocinante, el arsenal y el ideal que lo movía. Quiso instalarse en una plaza para dormir un poco, pero los indigentes, sombras indefinidas portadoras de navajas, se abalanzaron sobre él y fue necesario un nuevo baño de sangre, que podía ver en la pantalla que lo acompañaba en perfecta sincronía. Había alcanzado el estado superior de la transubstanciación y esto lo proveyó de un halo de infalibilidad inigualable. Pero Dios le lanzó una advertencia que no podía ignorar: era acechado no sólo por la ruina y la descomposición social fomentadas por la marginalidad, sino también por aquellos a quienes estaba defendiendo. Comprendía que todo precursor, como tal, se halla al margen de su tiempo y obedece a razones ajenas a las de quienes lo juzgan, y no podía ser de otra forma, sólo pedía una prórroga para terminar la tarea y luego comparecer ante aquellos que eran incapaces de discernirla. Aún le quedaba la comunión con Dios y ese era el elemento central; mientras mantuviera ese refugio estaría a salvo de los bárbaros, pero Dios a veces calla y nadie conoce sus motivos.
La Providencia emitiría el próximo mensaje a las 24. Esperó atento la manifestación, quizás fuera la definitiva, quizás el plazo concedido venciera en ese instante, y debía saberlo. Cuando Almendras se materializó Ruben estaba en posición de comulgar, casi en éxtasis, de rodillas frente a la pantalla, todo receptor. Las noticias lo arrojaron a un vacío que ya preveía pero no podía aceptar. Estaban tras sus pasos, Jean Georges incluido. Había orden de disparar a matar, en un operativo que involucraba a todas las dependencias del Ministerio del Interior, las mismas que tanto regocijo le habían proporcionado en sus épocas de espectador.  Se trataba de un enfermo psiquiátrico que disparaba contra niños indefensos, incluso un discapacitado, dijeron.
Montó a Rocinante y se puso en marcha. Podía escuchar las sirenas que se aproximaban como animales feroces, gritando su ira de sonidos ululantes, abrazados a las luces multicolores que demandaban el cese de toda faena de menor jerarquía, entrando en las casas a su paso como ráfagas ondeantes que no reconocían otra autoridad fuera de sí mismas. Dirigidas contra él que tantas veces las había hospedado en su living, dejándolas jugar entre él y su esposa como niños cromáticos en posesión de una verdad intransferible, una verdad que ahora caía en su territorio aplastando a los inocentes sin discriminación. Tenía sintonizado un Telenoche 4 desfigurado, en el que él era el perseguido y Almendras el perseguidor, una tragedia tan absurda que no cabía en su imaginación. Ya estaban sobre él, a una distancia en que podían alcanzarlo los disparos de las armas y las cámaras (qué diferencia había entre ellas, no lo sabía) escuchó la voz del comisario dando el alto, Ruben (él no era Ruben, había dejado de serlo hacía mucho tiempo) deténgase por favor, piense en su esposa, entréguese, no sea bobo, no nos obligue a tirar, no vale la pena, Ruben. Rocinante parecía paralizado por la voz de su amo; Almendras también le pedía que se entregara, Ruben, no vale la pena, piense en su esposa, en el comercio, usted es un hombre decente, es uno de los nuestros, no cometa una estupidez, Ruben, por favor escuche al comisario que no quiere lastimarlo.
Ruben entró en su casa en el momento que Telenoche transmitía en vivo la muerte, lamentable, del delincuente que ignoró el consejo de la policía y Almendras de entregarse.

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