Test de Turing

My leaves have drifted from me. All. But one clings still. (James Joyce, Finnegans Wake)

Aquella planta llegó a casa por casualidad. No me gustaba particularmente cuando la traje, pero tampoco me gustaba la cara de mi esposa y tenía que soportarla cada día de cualquier manera, de modo que acepté el regalo de cumpleaños de J. a pesar de todo. La traje conmigo en el ómnibus sin darle mayor importancia, y cuando la dejé sobre la mesa mi mujer hizo un comentario sobre lo desagradable del vegetal. Yo hice un comentario sobre lo desagradable de mi mujer y me fui al cuarto con la maceta.
Por algún tiempo no noté su presencia. Iba al trabajo, volvía, miraba Telenoche, miraba a mi esposa (en mi defensa sólo puedo aducir que me resultaban igual de detestables) y me retiraba a descansar, con ella a cierta distancia, custodiando mi sueño. Empecé a tener frecuentes sueños con la planta, pero al despertar no me fijaba en ella (lo mismo hacía con el otro ser que habitaba la casa) y seguía con la rutina. En el trabajo, por supuesto, no la mencionaba más que cuando J. preguntaba por ella, pero en esos casos simplemente ofrecía alguna información trivial que de todos modos era la única que conocía. “Está bien, sigue creciendo”. “Uy, tuvo un invierno bravo, pero está mejor” o “¿No podemos hablar de otra cosa?” eran las respuestas más habituales a sus dudas. A veces J. se enojaba por mi indiferencia y debía explicarle que no era una aversión especial la que sentía, que vivir con la cotorruda de mi mujer simplemente me había extirpado todo entusiasmo por la vida. J., no obstante su simulada comprensión, resentía el trato que daba a la cosa. A la planta, no a mi esposa.
Creció con fortaleza. Era un ejemplar muy saludable (la planta, no la conchuda de mi mujer) espléndida en su desarrollo, con soberbios brotes que se extendían delicados desde un tallo perfectamente formado y vigoroso. Comencé a prestar más atención a su despliegue, al que cada día dedicaba un momento antes de salir de casa. También le procuraba alimentos seleccionados que embellecían su ya de por sí hermosa figura. Ojalá pudiera hacer lo mismo con la otra, pensaba, pero aquella era un caso perdido, en cambio el arbusto se encontraba en su plenitud y nada podía opacarlo. Desde un punto donde concentraba su belleza sin par nacían frondosas las hojas más verdes que el mundo haya visto. Su lozanía me revitalizó; la presencia esmeralda en la lúgubre alcoba matrimonial infundió en mi ánimo nuevas perspectivas, y el contraste con el otro objeto realzó el valor de la hortaliza.
Cierto día noté dos manchas incipientes en el corazón del tallo, allí de donde surgían esas hojas gloriosas. La llevé al veterinario de inmediato. Éste me derivó a un botánico tras explicarme la diferencia entre los reinos animal, vegetal y mineral. No necesitaba una clase, arrogante profesorucho, sólo necesitaba auxilio para mi mascota. El profesional correspondiente la examinó con detenimiento y pronunció su veredicto: ni idea de qué le sucedía. Pregunté si estaba apestada como mi mujer, pero dijo que no. También negó que se tratara de una enfermedad. Se inclinaba más bien por la opinión del Dr. MacCumbhail, quien sugería que estábamos frente a un crecimiento endógeno. No entendí. Me explicó que, al parecer, aquello formaba parte de la planta, nacía de ella. Curioso. Le comenté que a mi mujer le habían salido sendos apéndices en la frente desde que yo salía con J. Todos reímos, excepto la planta, que permaneció inmóvil. “¿No la habrá meado el gato?” inquirí. “No, ya le expliqué que viene de ella. Es más, parece una boca. No le de más vueltas”.
Volví abatido a casa. Se me ocurrió que quizás mi esposa, celosa, le había hecho mal de ojo. Sí, era eso, ¿no es cierto? “Puede ser”, dijo la voz. ¿Quién habló? “Yo, acá”, respondió la planta. “¿Vos hablás?” dije. “Hablás vos, que sos terrible golpeado”, respondió. Ahora tenía dos problemas, tres incluyendo a la bruja, cuatro si sumamos a mi amante. Me desconté dos cuotas: con la planta parlante era suficiente. No podía dejarla en el lugar de siempre arriesgando que mi mujer descubriera el secreto, de manera que armé un escándalo rociando perfume de J. en mi camisa y dejando mensajes de texto comprometedores en el celular. Funcionó: me mandó a dormir al sofá. “¿No vas a hacer nada con eso?”, dijo La Planta (L.P. a partir de aquí) “¿Qué querés que haga?” “No te hagas el boludo, dale.” “En serio, no sé, ¿qué hago?” “Arrimale.” “¡No! ¿’Tas loca?” “Vas a seguir siendo el mismo gil de siempre, ‘ta bien. Hacé lo que quieras, pero yo con vos no me quedo, vejiga.” “¿En esta casa nadie me respeta y encima te tengo que aguantar a vos? ¿Por qué no te vas un poquito a la mierda?” “¿Por qué no le decís lo mismo a la conchuda de tu mujer, la puta que te parió?” Y se fue. Salí tras ella sin pensarlo, tenía que evitar que, bueno, hablara con alguien de lo que había ocurrido, sí. Logré calmarla y volvimos a casa, a dormir. Al día siguiente tuvimos una nueva discusión y me intimó a que dejara a mi esposa. Como ésta ya se había ido con la lámpara (parlante también) la decisión no fue difícil, sin mencionar que estaba realmente enamorado de L.P. Con J. las cosas no fueron tan fáciles; al principio no quiso asumir la situación, luego me pidió que fuésemos los tres a un consejero matrimonial, y por último se fue con éste.
Por fin era feliz y no me asombré para nada cuando me empezaron a crecer hojas. Era natural que si L.P. hablaba yo adquiriera algunas características suyas; es lo que sucede en toda relación y en la película Mimic. Cuando se completó el proceso, nos instalamos en el jardín rodeados de vegetales. El idilio con L.P, ahora que estábamos solos, se convirtió en una desgracia al poco tiempo. La planta ciertamente hablaba, y ese elemento que la asemejaba tanto a cualquier mujer debió servir de advertencia, pero no lo hizo, o no quise oírlo, o sus reproches histéricos me impidieron escucharlo. Y sucedió lo de siempre, el tercero, en este caso una planta de cannabis que se hallaba junto a mi L.P. Resignado, sólo atiné a preguntarle al raíz de bolsa si él también hablaba. Su respuesta no pudo ser más devastadora: “Hablás vos, que sos terrible golpeado”.

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