Literal Mente

Me acerco al kiosco a comprar unas pastillas, contando el cambio para el ómnibus. Las pido sin levantar la vista, ocupado en reunir la cantidad justa. El hombre me las alcanza y entonces sí veo su rostro; pienso que es William Faulkner pero no me atrevo a preguntárselo. La idea es absurda, y sin embargo, detrás de ese bigote envuelto en la bruma que emana de la pipa, creo que está el escritor. Intento estirar la conversación.
-Disculpe, ¿me cambia las pastillas por unas de naranja?
-Sí, cómo no. Tomá.
Se desentiende, mira hacia atrás, acomoda algunas cosas.
-Es linda la luz de agosto, ¿no le parece?- No responde, sigue en sus ocupaciones.
-¿Me da un alfajor de coco? Las palmeras salvajes no tienen cocos, ¿sabe?
-Acá tenés. ¿Algo más?
Continúa aferrado a su rutina de dependiente, está dispuesto a defender este último refugio. Su esgrima verbal es perfecta hasta el momento. Le pido una revista de chismes a ver si dice algo. No lo hace, se limita a entregármela como el resto de las cosas. Soy un intruso en el polvo para él. Se me ocurre que puede estar escribiendo algo y lo estoy importunando, pero si fuera así, no debería haber puesto un kiosco en la terminal Río Branco, pienso.
-Sí, deme una lapicera y un bloc. Tengo que tomar algunas notas, ¿sabe? Es que me gusta escribir mientras agonizo. Supongo que no le importa, disculpe.
Me da los útiles sin agregar nada. Pago, pago para ver como en el póker, pago una vez más las cosas que no necesito, que sólo necesito para que William Faulkner me revele su identidad.
-¿No se le ocurrió poner el kiosco en el Sur de los Estados Unidos? Ahí debe caminar- Lanzo una ofensiva más directa, pero fracasa una vez más.
-Nene, estoy ocupado, ¿querés algo más?
-¿Usted es William Faulkner?- digo sin tomar más recaudos. No puede negarse a responder una pregunta directa; si atiende un kiosco, no puede permitirse tamaña descortesía. No lo hace.
-No. Hay gente esperando, ¿querés algo más o no?
No, no quiero nada más, William. Quiero que me dediques este libro que traigo en la mochila, que me digas cómo se te ocurrió un nombre tan feo como Yoknapatawpha County, quiero saber si esos rumores sobre tu crapulez son verdaderos, pero me quedo con lo que me das, ese ruido, esa furia, esa incomodidad que no podés disimular, maldito farsante; querés esconderte en un kiosquito de Montevideo, querés escapar al asedio de quién sabe que fantasmas que invocaste en tu escritura, querés deshacer todo lo que construistes (sic), Old Ben, querés escapar a los cazadores, querés imponerte a la codicia de tus lectores. Pero dejame decirte algo, William, que el sur también puede habitar un humilde kiosquito de Montevideo, que la tensión racial, la misera material y espiritual de tus personajes no es sólo patrimonio de tu tierra, que aunque hayas querido exorcizarla está en vos, y en mí, y en el conductor de CITA que te pide un agua mineral para llenar la botella con tequila y lanzarse a la ruta sin respetar, irónicamente, la ruta que su empresa establece para ese servicio, llevándose consigo a todos los pasajeros y unas cuantas ánimas a un yermo perdido en la inmensidad del mar verde sin agua y ponerlos a trabajar como sus esclavos plantando hierba para venderla a otros conductores con anhelos similares pero mucha menos determinación, y después vender los esclavos a una minera del espacio exterior que pretende extraer los recursos de la Tierra no para provecho propio sino para arrebatárselos a sus habitantes y consumir sus reservas hasta agotarlas y desembocar en una guerra devastadora donde todos pierden y el planeta queda abandonado a sus depredadores. Y vos les vas a vender un paquete de pastillas como si nada sucediera, Faulkner, quizás el último paquete de pastillas que se haya producido, y te vas a guardar el cambio mientras un niño paraplejista y sillaruedista suplica por una mísera pastilla, no por el paquete entero, por una sola pastilla, que el psiconauta del espacio saborea frente a la silla de ruedas antes de empujarla por la rampa que da a Galicia y ver cómo el último 230 lo levanta por el aire y lo deposita en el techo de tu kiosco, dejándolo más paralizado que antes, porque ahora ya ni la lengua puede mover, y vos sacás una pastilla que tenías encanutada y lamentás, con sorna, que no pueda saborearla, y entonces para qué desperdiciarla, te la ponés en la boca llena de tabaco y cerrás el kiosco como cerraste tu carrera literaria, sin grandes gestos, viendo cómo se va todo a la mismísima mierda (¿cómo no se va a ir si entre vos y el marciano le arrebataron una pastilla a un minusválido?) y ponés el cartel de CERRADO, pero no el cartel de siempre, no, un cartel de CERRADO POR INVASIÓN INTERPLANETARIA y ya ni escrúpulos te quedan para enfrentar tu destino con el aplomo de tus personajes.
Me doy media vuelta. Me estoy yendo cuando el kiosquero me llama.
-Servite.
-¿Qué es esto?
-Una rosa para Emily.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s