Tsunami de inseguridad

Con mucho esfuerzo había logrado comprar su casa, una humilde chabola en un barrio marginal, pero era su casa, qué diablos. Pronto descubrió que los problemas recién empezaban, y que estos no consistían solamente en pagar las cuentas, los impuestos y los ajustes de las cuentas.

La primera noche le ganaron una media de la cuerda a modo de advertencia. Supuso que había sido Papá Noel que, viendo la pobreza del lugar, juzgó que dos medias era demasiada ostentación y se llevó una para el vecino. Cuando le ganaron todos los otros pares de medias, refutó la hipótesis papanoelica y apuntó al rastrillaje, nomás. De haber tenido la navaja de Occam habría procedido a la inversa, pero también se la habían robado.
Decidió que necesitaba poner rejas, a pesar de la notoria precariedad de la vivienda. Las rejas costaban más del doble de lo que había pagado por el rancho, pero ya no había vuelta atrás, estaba atrapado entre la falta de recursos para mudarse y la constante amenaza de saqueo. Hipotecó la casa para pagar el cerco perimetral; el herrero le aconsejó que instalara también rejas en las puertas y ventanas, ya que la primera era inútil sin esta seguridad adicional. De manera que hipotecó la cerca para pagar estas últimas. Endeudado y atado a su prisión suburbana, sintió que el riesgo era tan grande que necesitaba una alarma y un dispositivo eléctrico de disuasión. Vendió los pocos muebles y electrodomésticos que tenía para financiar esta ampliación y sentirse algo más seguro. Pero aún no fue suficiente, puesto que descubrió un flanco descuidado: la chimenea. La tapió por dentro, rodeando la azotea con un alambrado triple de púas que copió del campo de concentración de Riga. Todo marchaba estupendamente. Todo excepto la facilidad que ofrecía un túnel por debajo del vallado exterior. ¡Qué descuido!
Vendió y empeñó todo lo que le quedaba para proteger el sistema; una gruesa pared de cemento se enterraba varios metros bajo el jardín para impedir esta modalidad. Pero ¿y el boquete? Como Astori del arrabal, refinanció la deuda para acceder a otro crédito, que le permitiera reforzar el muro contra arietes, explosivos de pocos megatones (por el momento excluía el ataque nuclear) y taladros hidráulicos. Al fin podía dormir tranquilo, si no consideraba la deuda una preocupación mayor.
De repente el diario lo inquietó con otra posibilidad no contemplada: el momento de abrir la reja. Era imperativo que tuviera cámaras. Muchas cámaras, como canal 4 en un robo de championes con choque múltiple incluido. Agarró una changa de noche, que se sumaba a sus 3 trabajos diurnos y el teletrabajo como corresponsal de la revista Home Security de Carrasco Norte. Ahora apenas estaba en su casa para monitorear las cámaras, por lo que debió instalar un GPS para hacerlo desde sus múltiples ocupaciones. Claro que, en caso de que viera delincuentes cerca, no tenía forma de llegar a proteger su propiedad, de manera que compró una moto para esta eventualidad. Moras y recargos, más los gastos del vehículo, demandaban un nuevo laburo, así que entró de repartidor en una rotisería. Al segundo día le quisieron robar la moto, y en tanto la moto era fundamental en todo el esquema de seguridad, tuvo que dotarla de sofisticados mecanismos antirrobo. Todo estaba en orden una vez más; ya casi había alcanzado la cumbre de los estándares de seguridad establecidos por el Ministerio del Interior y Telenoche 4.
A las pocos días, un vecino lo encontró abatido frente a su casa. Temió lo peor.
– ¿Qué pasó vecino? No me diga que le entraron a la fortaleza- dijo con sorna.
– No, era imposible que entraran. Pero me robaron las rejas, las cámaras, el vallado, la cerca…

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