We are 127

Sentí que el mundo entraba en un final y le dije suavemente que se fuera a la raíz cuadrada de la putísima madre que lo parió. (J.C.Onetti. Cuando ya no importe)

Subí al 127 en la parada de siempre, a la hora que acostumbraba hacerlo todos los días. Saqué un boleto Oeste-Este de doce horas, que permite perfectamente descansar ocho en el vehículo y volver al trabajo en el mismo ómnibus, idea adoptada gracias a los auspicios de la Cámara Empresarial, que vio la ventaja de que sus súbditos permanezcan en constante movimiento en la ruta de su ocupación.
Muchos de los pa(sa)jeros se encontraban en la misma situación. Me senté contra la ventanilla en la segunda fila, junto a un empleado de oficina que revisaba varias carpetas con un café en la mano libre y la almohada sobre las piernas. Los pocos asientos desocupados fueron asaltados por viajeros-inquilinos dotados de los enseres necesarios para habitarlo al menos un día. Muchos se saludaban como vecinos de toda la vida, con preguntas sobre la salud de la familia y cambio de chismes acerca de los ausentes inesperados. En la vereda, un ama de casa adaptada a la nuevas relaciones obrero-patronales lanzó al paso del bus un suculento desayuno compuesto de café, tostadas con manteca y mermelada, y la pastilla para la presión de su marido. Éste lo atrapó sacando la mano por la ventanilla y mandando al mismo tiempo saludos a unos hijos que apenas lo conocían como imagen fugaz en la ventanilla del 127.
Más tarde, una muchacha que estaba más fuerte que el temporal de Santa Rosa subió, cambió unas palabras con el guarda (que le pidió el cambio justo de palabras) y cruzó el pasillo como si se tratara de la pasarela más encumbrada de la moda internacional para dirigirse hacia el fondo, donde un joven más bien feo y mal arreglado la esperaba con una sonrisa. Ante el asombro que no era tal sino más bien envidia del resto de los presentes, empezaron a tocarse y sacarse la ropa con un visible apremio y más visible aún calentura. Lo que pasó después es algo que el pudor me impide referir pero la crapulencia me obliga a contar: el joven no cumplió sus deberes conyugales y la chica, cuya calentura opacaba su sentido moral, si es que lo tenía, lo reemplazó sin más por un afortunado y eficiente desconocido. Creo que se agregaron luego varios participantes más, pero para entonces yo tenía entre manos asuntos de la mayor importancia que no admitían dilaciones.
Poco después la señora de la sexta fila, compañera habitual de viaje, escoltada por su analista para la consulta semanal, pidió al chofer que parara a fin de comprar el antidepresivo en el instante en que le fue recetado, tal como manda la práctica clínica moderna. Cuando el ómnibus se detuvo sucedió lo impensado: cuatro punks de apariencia repulsiva pidieron permiso para subir a tocar una canción. El conductor no vio ningún inconveniente en que lo hicieran y les franqueó la puerta, provocando la sorpresa de todo el pasaje. A mí me resultaron simpáticos y de hecho, y con esto no pretendo difamar a nadie, me parecieron mejor higienizados que muchos de los exaltados. Uno de ellos, su líder supongo, dijo unas palabras en un dialecto punk que algún antropólogo o degenerado vaya uno a saber tradujo a los demás más o menos como sigue: “Somos artistas callejeros que les robamos (el traductor pudo haberse equivocado aquí) un minuto de su amable atención para entregarles una humilde canción que esperamos les alegre la mañana, manga de hijos de puta vendidos al sistema váyanse a la concha de su madre y métanse sus trabajos de mierda en el culo, chupapijas (el intérprete quizás haya agregado algunas expresiones propias aquí, no lo sabemos con certeza) Gracias, esperamos sea de su agrado y aquellos que deseen colaborar pueden hacerlo y los que no se pueden meter las monedas de mierda que nos niegan en el medio del orto y las damas por la cotorra. Chúpenla, putos”. Enchufaron los equipos, batería, bajo y guitarra, previa instalación de un amplificador y un par de columnas de Marshalls, y cuando el vehículo se puso en movimiento, tras el regreso de la vieja conchuda (perdón, se me pegó) de las pastillas, empezaron a tocar.
Por lo visto el traductor no entendió plenamente el mensaje, o quizás aquellos vándalos cambiaran sus planes sobre la marcha, lo cierto es que minga iban a tocar un solo tema. Arrancaron con una sección de clásicos del género o degénero, como prefieran, entre ellos joyas como Blank Generation del gran Richard Hell, Buzzcocks, Sham 69, Cock Sparrer y mucho Oi! de un gusto pésimo como mínimo.
Al principio la audiencia se mostró entre indiferente y apática, dejándolos pasearse por su repertorio sin prestar atención, pero con el correr de los minutos algunos empezaron a exasperarse. La madre que le daba el pecho a su criatura (no era un bebé, era propiamente una criatura atroz, que merecía más que le dieran la espalda que el pecho… omnis mundi creatura cuasi liber et pictura) arrojó la mamadera a los inadaptados, que lejos de ofenderse apreciaron el gesto de respeto y extendieron el setlist. La vieja conchuda los escupió y el bajista le devolvió el escupitajo y esto condujo a un nutrido intercambio de secreciones nasales que sólo afianzó la posición de los vagos faloperos delincuentes inútiles. Para entonces el guarda y conductor se habían entregado al espectáculo clausurando puertas y salidas de emergencia. Quienes esperaban el ómnibus en las paradas se negaban a subir y el público involuntario no se atrevía a bajar, puesto que el único que lo intentó, un viejo con menos punkrock en la sangre que sentido común en el televidente de Telenoche 4, fue sodomizado por el baterista con los palillos que luego usaría para ejecutar Holliday in Cambodia de los Kennedys.
Los únicos que no rechazaron la invasión fueron los involucrados en la orgía, a la que los punks se sumaban entre canción y canción. Mi compañero de asiento, El Oficinista, trató de establecer contacto con la coqueta señora del asiento maternal que ofrecía la esperanza de una oposición sólida a la inmoralidad. La misma, cotorruda de profesión y confesión, casada con la familia, tradición y propiedad, era la candidata obvia a encabezar la resistencia. Por desgracia también era candidata indiscutida a un cadenazo bien dado en el medio de la jeta, y esto fue lo que efectivamente ocurrió en primer lugar del orden cronológico.
El ómnibus circulaba ya sin rumbo navegando en una marea de sonidos estridentes (el cantante es-tridente: tiene solo tres teclas); adentro el tiempo parecía detenido y las víctimas de la absurda situación bebían sorbos de su destino y lo aceptaban como el náufrago acepta la deriva de su nave, en cómodas cuotas de hechos fortuitos encadenados por el azar. Yo empecé a creer que esto no estaba mal del todo, que quizás nos estaban arrebatando una rutina cuyas raíces se extendían a todos los pasajeros de ese 127 y los comunicaba en su indolencia compartida, que este viaje era definitivo y no tenía retorno, no había vuelta al boleto de doce horas con pernocte, a la monotonía del asfalto de siempre impregnado en los rostros de siempre que reflejan las vitrinas y las vidas de siempre allí afuera, aquellas a las que no teníamos acceso en nuestra condición de peregrinos perpetuos atrapados en la senda de un trabajo, la casa con su correspondiente familia, los accesorios en forma de hijos/perro/televisor/Telenoche/inseguridad y cada compartimiento en su debido lugar listo para ser extraído cuando las convenciones lo requirieran, todo aquello parecía tan lejano como la parada de origen y la época en que un viaje comportaba el riesgo, la oportunidad, la salida, la diferencia.
Mi vecino me clavó una mirada inundada de estas dudas que atravesaban mi rostro y le devolvían sus mismas conclusiones, aquellas a las que no quería ceder. Uno por uno, los demás pasajeros empezaron a mostrar esta expresión recién adquirida, esta parcela conquistada de incertidumbre a la que se aferraban en ausencia de las coordenadas conocidas. Ahora los inadaptados parecíamos nosotros, tan ajenos a esa zona liberada que se nos ofrecía empaquetada en tres acordes y distorsión extrema. La madre del adefesio encabezó el cruce del último puente que nos ataba a esa vida puesta entre paréntesis. Arrojó a la inmundicia por la ventana, renegó del título de graduada en maternidad y doctorada en frustración matrimonial y nos empujó a agitar, a hacer pogo, a soltarnos el cinturón de Simbad que tan bien habíamos aprendido a llevar por conveniencia y miedo y conformidad.
Era de noche y los celulares anclados en la tierra que ya no recordábamos intentaban retenernos; encargados y jefes de personal lanzaban botellas con mensajes a este mar embravecido que las devolvía al remitente sin respuesta. Esposas, maridos, hijos, suegras, padres, maestras, profesores gritaban furiosos contra esta irrupción en la jerarquía de la realidad, pero a nadie le importaba. El motín seguía su curso contra las órdenes de una autoridad desconocida, tan irreal como esta fantasía que ahora parecía todo menos ilusoria. Los que se quedaban en el muelle lanzaban amenazas que nadie oía a propósito de un viaje que quizás no tuviera futuro pero al que el presente bastaba y sobraba.
Cuando ya estábamos quién sabe dónde, a quién podía importarle, la banda dejó de tocar, empapados en sudor, escupitajos, vino barato. Una tregua para recapacitar, supusimos, un armisticio concedido a unas víctimas que ya no se creían tales. El conductor paró el ómnibus, el guarda nos miró con ojos indulgentes, esperando capturar el instante preciso del arrepentimiento y el retorno a la sensatez perdida, el rictus recuperado de los procedimientos avasallados. Entonces el micrófono nos escupió el 1,2,3, 4 y el ómnibus reanudó la marcha.

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2 pensamientos en “We are 127

  1. Gracias.
    ¿Importa quién lo escribe y de dónde es? Soy Oscar Wild de Montevideo, Uruguay, ¿eso cambia algo? ¿Si agrego la IP es más gracioso?
    Acá todos somos anónimos y hasta es posible que todos seamos el mismo, si te gustó, me siento honrado y el coso cumplió su objetivo.
    Saludos,
    O.W.

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