Necroturismo

Personalmente no tengo nada contra los cementerios, me paseo por ellos muy a gusto, más a gusto que en otros sitios, creo, cuando me veo obligado a salir (Samuel Beckett. Primer Amor)

Me levanté con un agujero en el estómago. Tenía hambre, además. Sin pensarlo mucho, salí a buscar algo para comer; hacía bastante calor como para suponer que más tarde el bochorno sería insoportable.

Bajé por una calle desierta después de atravesar el parque y sus desagradables flores de primavera. Hice una nota mental: no volver por el parque y sus desagradables flores de primavera. La calle desembocaba en otra apenas más concurrida, pero al doblar la esquina no vi a nadie caminando por ella. Por la vereda sí transitaba una chica no muy alta, más bien altísima, con un vestido azul bastante atractivo, aunque ella no lo fuera. No se fijó en mí con la misma atención con que yo reparé en ella, hasta que estuvimos a una distancia de unos 3 metros. Dijo unas palabras; me sedujo con su cerebro. Entonces lanzó un grito de pánico y se echó a correr en la dirección contraria. Yo hice lo mismo hacia la calle de la que había venido. Al llegar a mitad de la cuadra estaba tan cansado que tuve que parar y, para reanudar el paso, debí arrastrar las piernas y empujarme con los brazos.

Di una vuelta a la manzana antes de atreverme a volver al centro. No era una manzana sino una naranja más roja que las comunes, por lo que al morderla sentí la repugnante acidez de la cáscara no comestible. Caminaba con lentitud debido al calor y al susto que me había llevado, mirando a mi alrededor para asegurarme de que no había nadie más allí. De repente sentí pasos detrás de mí; un escalofrío me corrió por la espalda y siguió corriendo para internarse en el bosque del pelo de las piernas; alguien me seguía. No quería girar la cabeza por distintas razones que prefiero no enumerar, pero asocié los pasos con la mujer que había cruzado un rato antes. Aceleré la marcha sin mirar atrás, escuchando con atención cualquier señal que me indicara la posición de mi perseguidor. El ruido se intensificó y conjeturé que era más de uno. Tenía que mirar, necesitaba averiguar a qué me enfrentaba y decidir si huía o ensayaba otra estrategia, pero no pude hacerlo y sólo apuré el paso una vez más.

Caminando perdí la noción del tiempo, hasta que el sol empezó a ocultarse tras los edificios. No podía atender más que al sonido de los pasos, que en todo momento sonaban muy próximos a mí. Las piernas me pesaban más y más y los brazos colgaban del cuerpo como ramas otoñales desprovistas de hojas, sacudidas no por la voluntad sino por el impulso mecánico. No sabía dónde me encontraba ni cuánto había caminado, el único indicio era el tremendo cansancio que apenas podía soportar y los últimos rayos de un sol que se desangraba, agonizante.

Estaba agotado y perdido. La monótona melodía de los pasos seguía allí, para recordarme el motivo por el que había llegado a este estado y por el cual no podía detenerme. Una sombra se extendió por la vereda hasta alcanzarme, derramándose como una mancha de petróleo, viscosa y penetrante. Levanté la cabeza en busca de un refugio y la imagen que se apoderó de mis ojos fue aterradora: estaban por todas partes. Corrí en dirección al parque, ya presa de la noche sin estrellas en la que sólo brillaban las antorchas moribundas, que trazaban los contornos de las desagradables flores de primavera. Miré hacia atrás por última vez; allí estaban, cientos, quizás miles, persiguiéndome en silencio con quién sabe qué propósito. No tenía interés en averiguarlo.

Entré decidido a mi tumba. Afuera, la amenaza de los humanos había tomado las calles una vez más.

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