El cuerpo del delito

El sujeto no está en el centro ni domina la realidad (Michel Foucault, Las palabras y las cosas)

El cuerpo yacía tendido en la vereda, golpeado, con un pequeño volcán de sangre en su frente entrando en erupción y los custodias de la salud corriendo despavoridos ante la inminente catástrofe. Como de costumbre, los curiosos empezaron a reunirse a su alrededor, improvisando una facultad de medicina que emitía todo tipo de diagnósticos sobre su condición. La universidad debería tener una estrategia para estos casos espontáneos de interés masivo en la ciencia, como una oficina de reclutamiento móvil o similar.
Minutos más tarde, muchos minutos más tarde, se presentó la policía con los instrumentos de trabajo de que dispone para emergencias de este tipo (que digamos no varían en nada de los que usa en cualquier otra situación): palos, esposas y picanas. Junto con ellos llegó la segunda oleada de aficionados a los accidentes callejeros, los peritos que establecen las causas del hecho. Cuando todos los jugadores habían ocupado sus puestos, previo arribo del relator de canal 4 por supuesto, comenzó a jugarse el partido que decidiría la suerte del occiso o pre occiso, como prefieran.
El equipo de la salud aconsejaba no mover al infortunado, colocarle vendas momificantes en las heridas, entablillar todos los miembros y partes móviles sin importar su condición y suministrarle agua (bendita, de Querétaro, etc.) en abundancia, como si el problema tuviera su origen en la deshidratación y no en la destrucción total o parcial de algunas piezas o de todo el mecanismo. La policía lo apaleaba para que confesara estar vivo, o su contrario. “¡Se movió!”, gritó uno de ellos como si festejara un gol cuando el incipiente cadáver reaccionó a una descarga de 200 voltios, antes de volver a sumirse en su estado anterior. Los peritos, mientras tanto, ofrecían a los espectadores y participantes elaboradas teorías acerca de las posibles instancias que condujeron al aspirante a muerto hasta allí: “Debe ser un chorro que se cayó tratando de robarle la cartera a una vieja de 96 años, fijate que tiene marcas de dientes postizos en la mano”, decía uno. “No, ¿qué decís? Es un pastabasero, está drogado, mirale los ojos”, decía otro. “Los tiene cerrados”, confirmaba el primero. Un oficial los ayudó en sus conjeturas abriéndole los ojos con gas pimienta. “¡Los tiene colorados y llora, ¿viste?! ¿No te dije que estaba drogado?”, vitoreó el segundo. “Sí, porque le echaron gas”, dijo el otro y no pudieron ponerse de acuerdo.
En tanto, el demiurgo de la realidad y la opinión pública, el cronista de Telenoche, tenía bastante material para transmitir a los estudios mientras negociaba con los responsables del operativo el precio de un derrame de hemoglobina que produjera una marea de rating. “Dale, fijate cómo está, está más muerto que vivo y es un pichi. Tiralo a la calle disimulado para que lo pise un ómnibus”, pedía Almendras. El comisario de la Primera contraofertó una persecución con tiroteo e inocentes heridos por la Ciudad Vieja a cambio de una botella de Mac Pay y un informe favorable a su política de limpieza ciudadana, con contenedores para depositar a los pobres y una nueva usina para reciclarlos en Empalme Olmos. “Hecho”, cerró el trato Jean Georges y al otro día la pantalla de canal 4 sufrió una inversión cromática del amarillo al rojo (aunque durante el día esta inversión se opera varias veces en ambos sentidos, dependiendo de la hora)
El herido, a todo esto, había pasado de la categoría de estrella a extra de la película y ya nadie se interesaba por él. Los parciales discutían fervorosamente sobre motivaciones criminales, adicciones, marginación, la ley de caducidad, la baja de la edad de imputabilidad, la ley del tercio excluso y la teoría de Almendras sobre una asentamiento gigante que desplazaría a la ciudad y sus habitantes honestos y trabajadores, arrojándolos al río. Al comisario le pareció muy interesante ya que complementaba sus tesis sobre un desplazamiento del pichaje de Oeste a Este y la necesidad de erigir una cerca electrificada para impedir su acceso a Carrasco, Pocitos, Punta Gorda, etc. Almendras agregó que imaginaba una situación de atrincheramiento en los barrios costeros para defender la propiedad, con una potencial guerra civil donde el canibalismo de las clases inferiores daría para una emisión en vivo perpetua de Telenoche en sus 24 ediciones diarias.
Poco a poco, con el caer de la noche, la concurrencia se fue dispersando como impelida por una cisterna centrífuga.  Dos gruesas columnas con las formaciones rivales, los médicos recién brotados y los investigadores autoconvocados, se llevaron la mayor parte de los asistentes. Los profesionales de la salud y del orden hacía rato que se habían marchado en procura de café y bizcochos. Almendras preparaba, junto con el escenógrafo y los técnicos de efectos especiales, la cobertura del tiroteo del día siguiente, convenido con el comisario. Por último, el cuerpo yacía tendido en la vereda, golpeado, con un pequeño volcán de sangre en su frente entrando en erupción…

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