Consultorio O(do)ntológico

“Siéntese, por favor”, invitó el hombre de la bata blanca y los instrumentos exóticos rodeando el sillón reclinable. Acepté el convite y me recosté cómodamente, ansioso frente al profesional de las dolorosas técnicas para acabar con el dolor. Para mi sorpresa, no tomó la posición habitual de empuñar un artefacto para comenzar su trabajo, sino que acercó una silla y se ubicó a mi lado. Esta infracción del comportamiento natural me sacó del estado de tensión natural que le corresponde, de manera que no interrumpí su ritual, que para mí resultaba ahora del todo desconocido. Su rostro quedó oculto en la penumbra, aumentando la sensación de incomodidad.

Como un aficionado al ajedrez ante el maestro, cedí el primer movimiento a mi contrincante. Su apertura había sido escandalosamente heterodoxa, e inferí que su siguiente jugada sería igual de arriesgada. No me equivoqué.

– Dígame- dijo con lenta fruición oral- ¿cree que Dios participa de forma activa en el decurso secular o que más bien escruta los acontecimientos desde su dominio inextricable?

Sin duda se trataba de un hecho extraordinarioo, como cuando aparecen en el informativo de canal 4 unos nanosegundos de imágenes sin sangre ni estética gore.

– ¿Tiene alguna importancia, doctor? Porque me siento realmente mal, y preferiría que empezara el tratamiento cuanto antes.

– Si no la tuviera, no lo habría mencionado. Responda, por favor.

– ¿Con cuánta exactitud desea que le responda?

– Con la mayor posible. Prosiga.

– Bien. Fui criado en la tradición católica, que luego rechacé para abrazar un materialismo vulgar que no me convencía plenamente. De allí pasé al idealismo objetivo, para regresar por fin a un materialismo agnóstico más refinado. ¿Es suficiente?

– Sí, está bien. De forma que, supongo, no adjudica su padecimiento a la acción divina inmediata, aunque deja abierta la posibilidad en caso de contar con pruebas suficientes.

– Creo que puede decirse así, sí.

– Correcto. ¿Pensó en qué clase de pruebas serían pertinentes? ¿Serían de orden físico o espiritual?

– Aceptado en principio un materialismo compatible con el cambio, el incremento y la emergencia de nuevas propiedades, creo que la única prueba positiva que no quedaría abarcada por éste sería de orden espiritual.

– ¿Se le ocurre que, de presentarse, podría cuestionarlas basado en sus conjeturas previas sobre la realidad o el mundo?

– Se me ocurre que si Dios decidiera dar prueba de su existencia con tal determinación, haría lo necesario para que el sujeto no opusiera ninguna objeción que le impidiera aceptar el hecho, ¿no?

– Aha. O sea que, en resumen, una evidencia suficientemente fuerte en este sentido lo haría abandonar su certezas anteriores y bien confirmadas.

– No estaban tan bien confirmadas si me veo en la necesidad de negarlas con base en mejor evidencia, ¿no cree?

– ¿Y qué principio epistemológico gobernaría un cambio tan radical del paradigma?

– ¿Asume libremente que una persona inteligente y reflexiva utiliza un paradigma epistemológico como respaldo de sus opiniones?

– ¿De qué otra cosa podría valerse si no? Elabore.

– ¡No sé doctor, nunca me planteé esas preguntas! Supongo que el sentido común es una mezcla de práctica y opiniones no demostradas que no contradicen las conclusiones parciales de la práctica.

– ¿Es el hombre común un lógico formal, pues? ¿Examina sus creencias a fin de detectar una contradicción?

– Las contradicciones se expresan en la práctica misma, no de un modo formal. Hasta que no se presentan en la práctica, son objeto de especulación. Y ya vimos que el hombre corriente no pierde el tiempo en estos asuntos.

– Pero si no tiene un esquema conceptual consciente para interpretar la experiencia, ¿cómo acomoda una experiencia que no se presenta en términos de la misma? ¿Cómo decide si es Dios o una alteración sensorial o el faso que le pegó mal lo que produce el error? ¿¡Comprende el problema!?

– ¿Debo concluir que, si no dispongo previamente de una categoría donde encaje el Dios emergente, no puedo tampoco aceptar esta nueva evidencia?

– ¿No es eso acaso lo que hemos probado?

– Si Ud. lo dice. ¿Me saca la muela de una buena vez?

El extraño de larga túnica blanca se incorporó, apartó la silla manteniéndose en la penumbra y dijo al retirarse: “Enseguida le mando al dentista”.

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