Los huevos y la serpiente


Por Daniel Lucas

Experimental, vanguardista, arriesgada, comprometida, transgresora. No, no es la nueva película de D. Lucas sino esta imperdible oferta que hoy les traigo producto de un decomiso de aduana…

Pero vayamos a lo que nos convoca, que son los 35 milímetros y no la venta ambulante, al menos por ahora. Daniel Lucas, director cuya carrera está atravesada por su indeclinable propensión al plagio, nos entrega en esta oportunidad una obra controversial como pocas, al profanar un clásico de Bergman y convertirlo en una porno. Así nomás.

Si Abel Rosenberg era un judío pusilánime deambulando espiritual y físicamente en la Alemania de la primera posguerra, desesperado, indiferente, apático y profundamente solo, Abel Rosenverga es un travesti sin escrúpulos que se sienta… que se sienta a la mesa de los poderosos para obtener prebendas y estatus social.

Mientras David Carradine da cuerpo a una interpretación sólida que transmite el miedo y la indolencia de la pequeñaburguesía urbana en un clima político adverso, Lacalle Pou (lo único que pudo conseguir Lucas con el presupuesto de que disponía) es un oligarca puto que no teme al travestismo político para consolidar su poder. Con estos elementos de valor dispar, Lucas podría haber aspirado a una reflexión más contundente sobre el estado de cosas, sobre el relativismo posmoderno, sobre la incubación de un protofascismo en la mentalidad inclusiva de la democracia tardía, pero no lo hace, solamente apela (y pela) al lado más vulgar del argumento, usando al pequeño Lacallo jr. en su faceta más conocida de adlátere de la cámara de industrias.

Los debates en el Senado podrían dar lugar a una interpelación de esa esencia reaccionaria del cretinismo parlamentario, pero en su lugar, siempre tienen resultados sexuales, lo que es casi inevitable cuando se mezcla al joven maravilla con Millor y otros connotados homosexuales de la burguesía local.

La escena que cierra el film, a diferencia de la notable altura que alcanza Bergman en su trabajo, es más ordinaria que panqueque de polenta: el pequeño L es violado por una turba de asistentes que baja de las barras para oponerse a su proyecto, y aquél, mirando su bancada con los pantalones bajos, sentencia jocosamente “nos rompieron el culo!”.

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