Vacaciones en la playa

“Este año sí vamos a ir a la playa, amor”, prometió Gustavo a su esposa luego de que esta le rompiera los quinotos durante horas.
No habían tenido vacaciones desde la luna de miel, no el viaje de bodas sino el acontecimiento astronómico designado de esa manera, cuando la Luna fue tapada por una sustancia viscosa de origen desconocido, en 1957. Después la sustancia se derramó desde el satélite hacia la Tierra y eso permitió a los astronautas trepar con un módulo espacial al hombro y fotografiarse en ella. Todo esto, por supuesto, fue debidamente ocultado a la opinión pública, como los OVNIS, la fluorización de agua y la composición química de L.A. Lacalle (una pista: no es de carbono)
Gustavo llevó en esa ocasión a María a la punta del cerro a ver el fenómeno. No el fenómeno astronómico sino el enano oligofrénico procedente de Freaks (Tod Browning, 1932) que pasó a la clandestinidad, como Los Magníficos, por un crimen que sí había cometido. El enano se unió a la guerrilla tupamara pero no soportó la tortura y delató a sus compañeros. La tortura consistió en emplazarlo en un jardín de clase media para que lo mearan los perros (y algún humano en pedo o falto de modales también) y así nació el mito del enano de jardín. El fenómeno cantó hasta el 5 de oro.
Esas fueron las últimas vacaciones de la pareja, como dijimos. A partir de ahí Gustavo se entregó a la ambición de amasar una fortuna fabricando enanos de jardín, que al poco tiempo empezó a traer de contrabando en cajas de zapatos chinos. Pero los enanos resultaron ser auténticos y, para peor, ni siquiera eran tales. Se compró el circo y le crecieron los enanos, como dice la sabiduría popular.
Gustavo quedó en bancarrota. Plata tenía, pero su banco de trabajo quedó inutilizado, a eso me refiero. Ahora tenía que trabajar como negro para subsistir, y ahí fue donde se le ocurrió que podía usar un negro directamente para trabajar, mientras él se ocupaba de subsistir. Importó uno de Haití, pero en realidad era Toussaint Ouverture, líder de lo que se conoce como “jacobinos negros”. Todo dicho.
Tras haber remado más que gondolero de La Atlántida logró salir a flote. María le rompió tantos los huevos con las vacaciones que parecía que fuera a preparar un flan para 1500 comensales, y Gustavo cedió. Se dio a la fuga con la guita, pero lo atraparon y cedió a los deseos de su cónyuge.
“Nos vamos a la playa”, le dijo, y ella corrió a empacar los trajes de baño de la década del ’50 que casi vende en Mercado Libre como antigüedades. “¿Traje de baño para qué?”, preguntó Gustavo. “¿Cómo para qué? Para ir a la playa como prometiste”, dijo ella. “Sí, vamos a la playa. A la playa de maniobras de Carnelli”.

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