La Filosofía y el espejo de la naturaleza

Hans Ulrich era un estudiante corriente de filosofía en la Universidad de Berlín, al que su padre había intentado apartar de la carrera haciéndole ver las necesidades que enfrentaría por su elección. Hans persistió en ella, pero se prometió demostrarle al viejo pesimista que también podía ser redituable.

Mientras asistía al seminario de lógica matemática y nacionalsocialismo de Gottlob Frege en Jena, entró en contacto con las corrientes más modernas de la disciplina, en particular con el positivismo lógico, que se hallaba en pleno auge entonces. Esta escuela tenía por centro al Wiener Kreis (o Círculo de Viena, literalmente un círculo dibujado en dicha ciudad), donde Moritz Schlick y los miembros de la revista Erkenntnis discutían el Tractatus de Wittgenstein, la teoría de la relatividad de Einstein y la siembra directa de semillas (de odio) en la sociedad alemana, entre otros (tristes) tópicos, mientras bailaban candombe sobre un ejemplar de Principia Mathematica.

Pero Hans no se vio cautivado por el principio de verificación o la distinción analítico-sintético; en cambio, llamó su atención una serie de ejemplos de enunciados, y en particular uno, que repetían varios autores en sus ensayos: “Dejé mi billetera en una mesa de café en Viena”. “Opa”, se dijo, “estos cretinos andan dejando sus billeteras bien provistas en un café de Viena”. Y hacia allí marchó.

Los libros se limitaban a repetir el enunciado en su formulación clásica, sin precisar detalles, por lo que Hans decidió ponerse en contacto con Schlick para ver qué más podía averiguar. Sólo averiguó que el significado de la proposición es su método de verificación. Como quien dice, nada. Pero bailó candombe con ellos mientras recitaba el axioma de infinitud, de todas formas.

De todas formas y colores son los cafés de Viena, que proliferan cual espora en la pradera según el verso inmortal de otro célebre vienés. Hans los recorrió todos, incluso los del Prater, el parque donde por unos pocos marcos se puede contratar a un muchacho para… bueno, Hans lo supo muy pronto. La única billetera que encontró, sin embargo, fue la de Sigmund Freudstein, el padre del psycho-análisis y discípulo de Sigmund Freud, quien le quitó (además de la billetera) las células para extender su vida.

De esta manera Hans aprendió algunas lecciones valiosas: que su padre era más sabio que él, que el significado de una proposición es su método de verificación, y que el camino hacia una vida plena se encuentra en la regeneración celular y no en los libros de filosofía.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s