In memoriam: León Trotsky

El 3 de setiembre de 1938, en las afueras de París y de forma clandestina, se reunieron 26 delegados de 11 países. ¿Para hacer el asado más grande del mundo, quizás? ¿Para celebrar el advenimiento de Mujica y Astori como fórmula electoral del Frente Amplio, acaso? ¿Para homenajear la memoria de Benito Nardone, oligarca puto si los hubo? No.

Se dieron cita para fundar el Partido Mundial de la Revolución Socialista, la IV Internacional.

El documento aprobado en la ocasión nada tenía que ver con la parrillada colosal, la aclamación de una dupla pequeñoburguesa al servicio del capital o la memoria del eminente “Chicotazo”, sino con las tareas fundamentales del proletariado y su dirección de cara a una guerra que hundiría a Europa en la barbarie. Claro, no faltaron el alcohol y otros estimulantes de la energía proletaria, aunque sí estuvo ausente el asador del proyecto: León Trotsky.

“¿Qué hacía Trotsky en ese momento?” Se preguntarán. La verdad es que no lo sé; bien pudo estar rascándose las pelotas en Coyoacán tras haber culminado la redacción de “La agonía mortal del capitalismo y las tareas de la IV Internacional” (el programa aprobado en la Conferencia) o (re)cogiendo cactus y Frida Khalo en el desierto, lo cierto es que Trotsky había creado en ese acto un instrumento decisivo.

No hablo de la IV Internacional, cuya importancia destacaremos oportunamente, sino del (plagiado) Jack LaLanne’s Power Juicer, o el artilugio trotskista para destilar la energía contenida en un cactus mejicano y transformarla en pura enjundia proletaria.

“¿Y la IV Internacional, maestro?” Dirá algún lector perplejo ante tamaña afirmación.

Mirá, la IV y su programa jamás se realizaron; las previsiones, certeras por cierto, sobre el desarrollo del capitalismo y el estalinismo en la posguerra no dieron lugar a un proceso de revolución permanente sino a la estabilidad de Yalta. El Secretariado Internacional (posteriormente Secretariado Unificado) se escindió, la vanguardia del proletariado no fue tal y la clase obrera no tomó el poder en ninguna otra parte.

Como herramienta, la IV no sobrevivió a su creador; sin embargo, el espíritu de la oposición de izquierda y del internacionalismo bolchevique vive en esos cientos, por qué no miles, de Power Juicer que cada mañana exprimen un trozo del México profundo para infundir vida en el organismo de los zombies proletarios.

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